La tormenta perfecta

Tras sufrir un infarto agudo de miocardio (IAM) la madrugada del 21 al 22 de enero, y sin entrar a valorar otros factores de riesgo a parte del estrés, voy a relatar una batallita que sin duda está a la cabeza de las circunstancias generadoras de estrés: un temporal con olas por encima de los 10 metros, en alta mar (frente a las costas de Túnez y Libia), y con una tripulación mitad filipina (que no sabían ni hacer un nudo, excepto el capitán que era un artista) y mitad egipcia (en pleno ramadán, o sea, que no movían un dedo ni por Alá).

El capitán posa alegre con un pajarillo que se había refugiado en nuestro barco.

Estábamos en esa ocasión haciendo una inspección de un pozo de petróleo, habíamos llevado a cabo ya un par de operaciones con desigual éxito. En la foto de abajo puedes ver los barcos protagonistas y mi puesto de mando en el puente, junto a el puesto del operador del robot (Remotely Operated Vehicle, ROV).

Petrolero-Plataforma y nuestro barco auxiliar

Puesto de control de posicionamiento y navegación, y de operación del ROV

El asunto era bastante surrealista, resulta que en vez de plantar una plataforma petrolífera al uso, por falta de pasta, la compañía había anclado un petrolero (el barco grande que se ve en la primera foto anterior) al que confluían todas las tuberías tanto de control como de crudo de cada uno de los pozos. Mediante un sistema de cadenas el petrolero podía girar sobre sí mismo hasta tres veces y media sin romper el sistema y por tanto liar un cristo del copón. Y de ahí la necesidad de un remolcador auxiliar que era el barco que nosotros estábamos utilizando: cuando había mar el petrolero se aproaba naturalmente a la mar y aguantaba carros y carretas, pero cuando la mar estaba calma (o casi) la tendencia era a girar libremente alrededor de la proa y por tanto en un determinado momento debía entrar el remolcador para deshacer las vueltas dadas.

Un buen día entró mal tiempo con previsiones de empeorar, y nos dieron la orden (al barco auxiliar) de fondear una milla al noroeste del petrolero y permanecer allí en standby hasta nueva orden. Y eso hicimos. Estaríamos con olas de 5 a 6 metros, lo cual es un coñazo, pero nada que ya no hubiéramos vivido todos incluso en esa misma zona, y no digamos en el Atlántico o en el Cantábrico. Así que nada, del comedor al camarote, en el camarote largas sesiones de películas en el ordenador con las correspondientes tertulias después de cada proyección, a modo Jose Luis Garci, pero con tertulianos buceadores. Y de ahí vuelta al comedor a mal comer. Y así un par de días hasta que la cosa se fue poniendo cruda según iba subiendo la mar.

Lo gordo-gordo empezó sobre las doce de la mañana, mientras mal comíamos los pocos que nos atrevimos a bajar al comedor. Los platos se quedaron a medias, porque si ya eran incomestibles con calma chicha (arroz con cordero, que digo cordero, corderazo, de esos de 11 años que se han pasado la vida amargados comiendo cartones y ruedas de bicicleta) no digamos ya con olas de siete u ocho metros. Y subiendo. Así que decidimos  iniciar una nueva sesión de cine en mi camarote, seleccionando para la ocasión, ni más ni menos que la claustrofóbica Das Boot. El submarino, es que otra cosa no, pero cachondos eramos un rato. Ni que decir tiene, que no terminamos de verla, no se que era más dramático, sí las circunstancias de el capitán Henrich Lehmann-Willenbrock y sus muchachos en la película o las nuestras propias en la cruda realidad.

En esto se había hecho de noche, y aparte del exagerado balanceo del barco, era espeluznante el ruido acompasado de objetos rompiéndose al ritmo que marcaban las olas: muebles, vajillas, herramientas, piezas, puertas… Hasta que se llega a un punto de equilibrio en el que todo lo que se podía romper ya se había roto. Y a partir de ahí un no parar de golpes contra el techo de la litera y contra el colchón, una y otra vez y mil veces más. El ojo de buey del camarote, que dejamos entre abierto para que salieran los diferentes humos que se generaban durante el pase cinematográfico, y que no fuimos capaces de cerrar cuando la cosa se volvió imposible, era como una fuente que rociaba de agua salada el camarote a cada golpe de mar. Toda la puta noche dando ostias, arriba y abajo, sin pegar ojo, y los capullos del petrolero sin dar la orden para que pudiéramos levar anclas y poner rumbo a puerto.

Todavía fue peor cuando amaneció y se podían ver los tamaños de las olas (mar montañosa) por el ojo de buey, y tomabas consciencia de la insignificancia de un barquito de 80 metros de eslora en la inmensidad del mar. No dejabas de pensar que cualquier mal golpe de mar nos mandaría al carajo inmediatamente.

Por fin nos dieron luz verde para levar anclas y poner rumbo a Sfax (Túnez), para hacerse una idea del asunto, una travesía en la que normalmente invertíamos 10-12 horas se transformó en un viaje de 24 horas a toda máquina. Yo conseguí salir de mi camarote y subir al puente, un trayecto que me ocupaba no más de 30 segundos, tras 15 minutos de golpes de un lado a otro. En el puente el capitán se lo pasaba bomba encarando de proa cada frente de ola. Los golpes de mar retumbaban y hacían vibrar las cuadernas del barco de una manera totalmente estremecedora, parecía mentira que el barco aguantara semejantes hostias.

Cuando llegamos a Sfax nos obsequiaron con una suculenta cena en el hotel central, pero antes de nada le hice una llamada a mi jefe para decirle que no tenía dinero suficiente para pagarme lo que había pasado las últimas 48 horas, y que no contara conmigo para meterme en ningún barco. “Si, Si, jeje” decía el “se pasa muy mal en los temporales” “Si, si, jeje”. Ya. Al mes siguiente estaba en otra obra en Israel, para pasar las navidades.

Por cierto, una anécdota curiosa, es que en esa obra en Israel teníamos un jefe de seguridad (estábamos en plena intifada, y en plena guerra USA-Irak) que había sido un militar histórico en las diferentes guerras israelís, se trataba de Rafael Eitan, Raful para los amigos. La cosa es que una de las olas del temporal que yo sufrí en Túnez, acabó en la costa de Israel, en concreto en el Puerto de Ashdod, tirando al agua a Raful y acabando con su vida.  Lo que es la vida, una de las muchas olas que hicieron subir y bajar mi estómago, en última instancia mataron a uno de los más prominentes héroes de la historia reciente de Israel. Lo que son las cosas.

A continuación las fotos:

El chaval joven que se ve en algunas fotos, por ejemplo ayudando al técnico británico a arreglar el ROV, era ni más ni menos que el hijo de uno de los jefazos daneses de la petrolera. ¿Que hacía en el barco chupando mierda? Pues resulta que estaba castigado por haber suspendido no se cuántas asignaturas. A la mañana siguiente del temporal, en el movido viaje de vuelta, blanco como la horchata y con unas ojeras como un oso panda, no cesaba de repetir: “No vuelvo a suspender una asignatura en mi puta vida, voy a estudiar como un animal, yo no me trago otra como esta”. Y yo le comprendo. ¿Le comprendes tú?

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