Un gañán en una recepción oficial por el Día de la Hispanidad en Israel.

Vista de la Marina de Herzliya Pituah

Hoy toca una batallita. Hace ocho años mientras trabajaba en una obra en Israel de la que he contado alguna que otra cosa en este blog, coincidió la celebración del 12 de octubre, y por ello el embajador de España en Israel, preparó una recepción en su casa de Herzliya Pituah, la zona más pija, como no podía ser menos, al norte de Tel Aviv. Cual no sería mi sorpresa cuando me llego una carta certificada, en lenguaje diplomático y firmada por la mujer del embajador (según dicta el protocolo según parece) invitándome a dicha recepción oficial. Vaya papelón.

Lo primero hacerse con un traje. Al primer compañero que asistió a una de estas, los jefecillos de la obra le hicieron una novatada diciéndole que no hacía falta ir de etiqueta, que era una recepción informal. Por su puesto era una recepción oficial de etiqueta, y el show y las risas de ver a alguien en baqueros y camiseta en estas circunstancias estaban servidas. Así que yo. asesorado por mi amigo Danino (un sefardí que hablaba bien español pero era el primero de su familia que había nacido en Israel), me fui a una tienda en el barrio más al sur de Ashdod (ciudad en la que vivía), ya pegando al desierto. Resulta que se trataba de una familia de sastres judíos de origen francés que sólo hablaban francés y hebreo. Mal empezamos. El caso es que eran muy buenos y tenían trajes de marca que ellos mismos arreglaban y vendían. Estaba oscureciendo cuando me fijé que había un Pierre Cardin, no me acuerdo del precio, pero bastante barato. En la tienda había como tres o cuatro hombres manejando el cotarro, cuatro o cinco mujeres y seis o siete niños entusiasmados conmigo. Se veía que no era habitual, y menos en esa época (en plena 2ª Intifada) . De pronto me dejaron con el traje en la mano, sin decir ni pío y todos los hombres salieron pitando de la sastrería junto con algunos de los niños. Entendí que se iban a la sinagoga al rezo de la tarde, así que allí me quedé con el traje en la mano rodeado de mujeres y niños que no entendían una papa de inglés y no digamos de español. Curiosidades de la vida, resulta que una de las chicas más avispadas, se le encendió una bombillita en el cerebro, cogió un teléfono, marco, y habló unos minutos con alguien en hebreo. Después me pasó el teléfono, y me respondió una chica, creo que joven, que era la mujer de uno de los sastres, y de Madrid. El mundo es un pañuelo. Total que me confirmó que se habían ido a rezar, le expliqué que necesitaba el traje en dos días, y nos contamos un poco nuestra vida (que casualidad coño), y todo quedó arreglado porque ella se encargaría de explicar el asunto a su marido y a las chicas dependientas, que no hacían más que reírse y darse codazos. Total qué salí de la tienda pensando, una vez más, lo que no me pase a mi, no le pasa a nadie.

Total que llegó el día señalado y allá que fuimos con el tiempo pegado otro compañero de la obra y yo (los más jefes estaban ya allí), llegamos a su modesta mansión, y entramos en ella como Pedro por su casa. Antes de pasar al jardín, había una tarima donde estaban el embajador y su señora, y sus hijos (y no recuerdo si su yerno y/o su nuera), el caso que era como en las recepciones oficiales que se ven en la tele, y a los anfitriones no les quedaba otra que saludar a todo cristo. No se calcular, pero fácilmente 300 personas pasaron por la tarima, a lo que hay que añadir la orquesta que había en el jardín, y el ejército de camareros sirviendo viandas que, por cierto, poco tenían de kósher excepto quizá el vino (a raudales) y los cubalibres (por docenas). Y nada allí pase la tarde/noche hablando con unos y con otros, rodeado de los VIPs que por una razón o por otras (sobre todo de estas) estaban en Israel en esas fechas. Mi sensación debía ser muy parecida a la que tiene una vaca viendo pasar un tren, más o menos.

Una conversación graciosa que recuerdo fue con un (según el) currito de la embajada egipcia en Israel. Contándole que había estado en el Sinaí, que había visitado Dahab, y el Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí, el Blue Hole… y el me decía que tenía que ir al Nilo, que había unos cruceros desde El Cairo a Luxor cojonudos, y que bla, bla, bla… Curiosamente a los pocos días, recordando esta conversación tras el incendio de uno de los barcos que me recomendaba, no tuve más remedio que acordarme de todos sus muertos incluidos los que reposan en alguna de las pirámides.

Total que así pasé un rato más que agradable, entre gerifaltes, espías reconocidos, espías de incógnito, periodistas, jefes y jefecillos, embajadores, diplomáticos, empresarios… y yo, todo un gañan, disfrutando de una circunstancia que difícilmente se volverá a producir… aunque nunca se sabe, que la vida da 1000 vueltas… o previsiblemente más.

Al final, fiel a mi curriculum vitae, un compañero de la obra y yo fuimos los últimos en salir, terminamos junto a la piscina contando chistes con el embajador que por cierto tenía un aíre a Félix el Gato, y la mujer del embajador al lado de la tarima haciendo muecas, y dando golpecitos con el pie en el suelo. Parece que estábamos todos bastante contentos menos ella. Así que nada deshicimos la reunión, un leve besamanos a la mujer, un chiste de despedida y para Tel Aviv a seguir la guasa.

Yo no quería, ni nunca había estado, pero terminamos en el Pussycat Lounge de Tel Aviv, y de lo que allí pasó, no estoy autorizado a decir nada. Mis labios están sellados.

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