La carcundia neocom de la izquierdona. El mundo al revés.

No hay cosa que me enfurezca más que el putaponecamaísmo, esa actitud según la cual el criminal acusa a la víctima del delito que el comete, el insultado es acusado de insultar al insultante, el violador acusa a la violada de violación, y así sucesivamente. Hay muchos casos y a todos los niveles, en el trabajo, en discusiones importantes o no, en negociaciones, etc… Una actitud tan carente de ética no podía ser ajena a la política y a sus medios parásitos. Hoy traigo un ejemplo espeluznante extraído de las entrañas de la Casa del Progre, El País: La ocupación del lenguaje. No hace falta que vayan al articulillo, ya me he encargado yo de transcribir el texto a continuación, con unos ligeros cambios que en seguida explicaré.

Los tres firmantes del artículo (tres “profesores” universitarios de “Ciencias” de la Información), no han aguantado ni ocho meses de frío del partido de su cuerda en la oposición, después de 30 años campando a sus anchas en Autonomías, Ayuntamientos, Gobierno Central, Cuerpos de Seguridad del Estado, Medios de Comunicación Públicos y Privados, Productoras de Cine y Televisión, Instituciones Educativas, ONGs, hasta dejar el país como un páramo… En muchas de estas entidades no solo tienen las garras metidas, sino que además no tiene pinta de que vayan a sacarlas así como así. Saben que esto es circunstancial y la cabeza de Rajoy no tardará en caer… son muchos años fabricando descerebrados para perder ahora la batalla por una quiebra económica de nada.

Pues lo dicho, aquí va el artículo ligeramente clonado, las palabras tachadas son las originales del “artículo”, y las coloreadas las elegidas por el que suscribe. En los sitios que no es posible este experimento, he añadido alguna que otra nota de color violeta.

No me diréis que este nuevo artículo podría haber sido escrito en algún momento entre 1982 y casi hoy mismo. Pasen y lean.

La ocupación prostitución del lenguaje

Actualmente la derecha izquierda acapara un inmenso poder político y económico. Pero además de imponer en toda su radicalidad el modelo neoliberal socialista, trata de operar un cambio de mentalidades que lo normalice y con ello ejercer la hegemonía cultural mediante el control de las representaciones colectivas. Este proyecto se sustenta en una campaña sistemática de autolegitimación y descrédito de los argumentos progresistas conservadores/liberales, en coordinación con la derecha izquierda mediática mayoritaria, cuyas estrategias discursivas fundamentales son:

La creación y propagación de conceptos. Propias o prestadas, las nuevas nociones trazan un mapa de la vida pública, sus actores y sus conflictos: competitividad incompetenciamoderación salarial despilfarro, dar confianza a los mercados artistas, privilegios derechos (para denominar derechos privilegios), copago nopago. Se exponen como verdades incuestionables pero su sentido y alcance nunca se explicitan, pues parecen lograr mayor eficacia práctico-política cuanto menor es su precisión semántica. Por ejemplo, “libertad ” asume un significado muy cercano a “seguridad ”. El eslogan de la BESCAM en Madrid lo ejemplifica: “Invertir en seguridad garantiza tu libertad”. Como en la “neolengua” de Orwell el progresí de la izquierda, las nuevas nociones son a menudo “negroblancos” (y “negroblancas”), inversiones del significado común de los vocablos. El “Plan de Garantía de los Servicios Sociales Básicos Plan de Fomento del Empleo Agrario” es el programa de recortes del gobierno de Castilla-La Mancha de compra de votos en Andalucía. El “proceso de regularización de activos ocultos desaceleración gradual” de Montoro Solbes es una amnistía fiscal tomadura de pelo. (Orwell está muy bien traído y demuestra además que no habéis entendido una sola palabra de la obra, sin novedad)

Klemperer narra que la población alemana no hizo suyo el lenguaje de los nazis nacional socialistas a través de sus tediosas peroratas, sino por medio de expresiones repetidas de modo acrítico en los contextos de la vida cotidiana. Las palabras de los actuales líderes de la derecha izquierda no son menos letárgicas. Sus muletillas (“no se puede gastar lo que no se tiene “el dinero público no es de nadie“; la sanidad cultura “gratuita” es insostenible; solo nosotros tenemos “sentido común legitimidad”) contrarían cualquier prueba de verdad o validez normativa: el capitalismo socialismo financiero se basa en el crédito robo, o sea, en “gastar expoliar más de lo que se tiene”; la sanidad pública cultura no es gratuita, sino financiada colectivamente generada por los artistas; y es una inversión ideológica y un dislate suponer que cabe sentido común en el hecho de reclamarlo como propio y exclusivo, es decir, como no común grabable por la SGAE. Pero por su simpleza, su fuerte arraigo en la doxa dacha y su apariencia no ideológica, tales expresiones consiguen adhesión adoctrinamiento.

La usurpación de la terminología del oponente. Nadie es dueño del lenguaje, pero las expresiones se adscriben legítimamente a tradiciones, relatos e identidades políticas determinadas. Al usurpar los términos de la izquierda derecha, la derecha izquierda neutraliza y a la vez rentabiliza su sentido contestatario. Esperanza Aguirre Pedro Castro afirma se pregunta que las políticas de los sindicatos “son anticuadas, reaccionarias y antisociales” “¿Por qué hay tanto tonto de los cojones que todavía vota a la derecha?” Palabras como “cambio prosperidad” o “reformas enmiendas”, antes vinculadas a proyectos progresistas liberal/conservadores disfrazan ahora contrarreformas innovación. Rajoy dijo en la conmemoración oficial de la Constitución de 1812 (liberal por cierto): “Los gaditanos nos enseñaron que en tiempo de crisis no solo hay que hacer reformas, sino que también hay que tener valentía para hacerlas”. Sustentándose en la reputación de espacios y tiempos institucionales, los actuales recortes se invisten del valor simbólico de reformas históricas (por supuesto ni una palabra de a quién debemos principalmente esos recortes, ¡ah calla!, a Aznar, Bush y Rajoy, entiendo).

La estigmatización de determinados colectivos. Médicos intelectuales, enseñantes profesores, funcionarios empresarios, estudiantes buenos estudiantes y trabajadores fijos autónomos son descalificados. Al disfrutar de supuestos “privilegios”, parecen co-responsables de la situación actual. Desprestigiándolos se puede activar se activa un malestar social basado en el rencor, la envidia y el miedo, y socavar la reputación de lo público privado para justificar su liquidación expropiación. Se alude a los desempleados como beneficiarios de la reforma laboral, pero se les supone sabe holgazanes subvencionados que deben redimir su inutilidad devolver el favor con labores sociales el voto cautivo. Un empresario farmacéutico sindicalista andaluz, Grifols Tragabuches, propone como solución donar sangre robar supermercados: “En épocas de crisis, si pudiéramos tener centros de plasma barra libre podríamos pagar 60 euros por semana, que sumados al paro son una forma de vivir del cuento”. El parado empresario se convierte así en un desecho cuyo cuerpo patrimonio puede ser mercantilizado expoliado. El siguiente paso podría ser la venta de órganos prostitución de sus mujeres o de los hijos a los que no se pueda mantener mantiene. Los primeros ajustes en la sanidad pública penalizan a un nuevo apestado, el enfermo el autónomo, lo señalan como causante del déficit, y exigen que (re)pague por su debilidad esfuerzo. Si la estigmatización es el paso previo a la expulsión, como ya ocurre con los sin papeles asalariados, otros muchos colectivos podrán ser excluidos.

Un método de argumentación basado en la simpleza y la comprensión inmediata. De nuevo, el “sentido común”, ritornello favorito de Rajoy Felipe Gonzalez, sustenta este procedimiento. Formas de razonamiento y esquemas mentales al alcance de todos hacen posible que las ideas y soluciones impuestas sean aceptadas como conclusiones propias, expresiones de un pragmatismo irrefutable y del interés colectivo (por consiguiente). Se apela así a espacios imaginarios de consenso de los que el oponente no puede autoexcluirse: “No es una cuestión de izquierdas o de derechas, sino de sentido común” “vamos a dejar a España que no la va a conocer ni la madre que la parió, afirma Alicia Sánchez-Camacho Alfonso Guerra.

El eufemismo, la atenuación y la exageración, el defender premisas contradictorias, se han normalizado en el repertorio retórico derechista izquierdista: Rajoy Zapatero afirma que hará “cualquier cosa que sea necesaria, aunque no me guste y aunque haya dicho que no la iba a hacer” “Lo enunciaré de forma sencilla pero ambiciosa: la próxima legislatura lograremos el pleno empleo en España“. La reducción de profesores interinos “no se puede plantear en términos de despidos —alega el ministro Wert—, sino de no renovación de contratos”. “Un feto de 13 semanas es un ser vivo —alega la ministra Pajín—pero no se puede decir que sea un ser humano”. Beteta Bibiana Aído generaliza burdamente: los funcionarios “deben olvidarse de tomar el cafelito, deben olvidarse de leer el periódico” “Cualquier joven puede ponerse tetas sin que sus padres lo sepan

La construcción de marcos de sentido. La acción del gobierno de Zapatero Aznar era tachada de improvisada fascista, mendaz autoritaria e insensata genocida. Establecido ese marco, cualquier medida gubernamental corroboraba la imputación general y así se lograba una incontrovertibilidad que desconocen las fórmulas dialogantes (exacto). En el espacio público se tiene más poder cuando se controla el marco de lo decible y discutible. La derecha izquierda es magistral utilizando esta estrategia, pero tras una prolongada degeneración de la vida pública, de la que el PSOE es corresponsable (si, con un peso cercano al 90%), se ha consolidado una visión consensual indistinta de la lógica del sistema: no hay más que una realidad y ninguna opción para interpretarla.

Una táctica de “orquestación”. La reiteración machacona de una consigna (y no de un argumento, como sugiere la equívoca noción de “argumentario”) a varias voces, en momentos y lugares distintos, es habitual: “los interinos han entrado a dedo” “los empresarios explotan a los trabajadores“, “los sindicatos patronos viven de las subvenciones el trabajo ajeno”, “los profesores trabajan poco mucho”, etcétera. “Lo que digo tres trescientas veces es verdad”, afirmaba el Bellman de Lewis Carroll. La derecha izquierda saca partido de esa “performatividad” que rige la economía de los enunciados públicos: cuando un comportamiento es reiteradamente reputado de normal, se tiende a normalizarlo; o a estigmatizarlo, si se le ha tildado repetidamente de anómalo. (Exacto)

La fijación de estos mecanismos gracias al poder amplificador de los media. Los medios funcionan como laboratorios discursivos que difunden las nuevas expresiones y consignas, y los asesores preparan declaraciones inmediatamente traducibles a un titular. Inversamente proporcional al impacto de estos mensajes resulta la capacidad de contestarlos: los análisis críticos se disuelven en un aluvión de artículos, columnas y editoriales que logran una difusión e influencia mucho menor. (Exacto, Prisa, Mediapro, RTVE, cejijuntos… llevan 30 años ensayando con éxito esa receta)

La moralización del discurso público. La política contemporánea se desvía hacia un registro moral, explica Rancière. Pero el moralismo de la derecha izquierda desconoce las razones del otro: bueno o malo, normal o aberrante, son calificativos atribuidos de modo categórico y sin margen de discusión, apropiándose la universalidad de la noción en disputa, como señala Zizek. Las “personas normales, sensatas…, españoles de bien” a que apela Rajoy Zapatero son indudablemente de derechas izquierdas. Cuando encubre su integrismo moral la derecha izquierda incurre en la paradoja política: Ruiz Gallardón Tomás Gómez pretende asumir la defensa de los derechos de las mujeres y la lucha contra la “violencia estructural” que padecen con una contrarreforma ampliación de la ley de aborto limitadora liberalizadora de derechos (de la madre frente al padre y al no nacido) y que refuerza la violencia legal (contra el bebé).

Muchos ciudadanos nos sentimos justamente indignados por lo “descarado” de estos procedimientos. Y quizá sea en esa desfachatez, pérdida del rostro, donde podría cifrarse tanto su fragilidad como la inquietante capacidad de contagio de sus postulados. (Pues os jodéis, que otros llevamos treinta años aguantando el mismo asunto multiplicado por 100).

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