El optimismo de Popper.

El otro día pasé por la biblioteca municipal de mi barrio buscando documentación sobre un artículo que estoy escribiendo sobre Ciencia. Me pasé por la sección de Filosofía, como suelo hacer, y me tropecé con un librito de Popper que me está resultando muy interesante.

(Hay otra edición más barata -y que por tanto me deja menor comisión-, que se puede obtener a partir de este enlace: Búsqueda sin término: Una autobiografia intelectual)

No me lo he leído todavía, pero le he dado una buena vuelta en zigzag y creo que es una buena manera de adentrarse en la filosofía de Popper, de comprender como se fue moldeando su pensamiento a lo largo del convulso pero a la vez intelectualmente fructífero siglo XX: su infancia y la Primera Guerra Mundial, su fugaz paso por el socialismo y el comunismo en la posguerra vienesa -del que salio naturalmente horrorizado-, sus aportaciones al Círculo de Viena, su exilio en Nueva Zelanda durante la Segunda Guerra Mundial,  su estancia en la London School of Economics, sus debates (y controversias) con Einstein, Bohr,  Schrödinger, Bertrand Russell, Hayek, y otros grandes intelectuales del siglo XX.

Una de las constantes de Popper, más allá de sus aportaciones a la Epistemología y a la Filosofía de la Ciencia, es su lucha intelectual contra todo tipo de totalitarismo, venga de donde venga, y vista el disfraz que vista. Y en este sentido, son muy remarcables los dos añadidos que el mismo Popper hace en 1986 y en 1992, tres años antes y tres años después de la caída del telón de acero. Resulta que, como sucede a menudo con los textos de los grandes pensadores, el mensaje que rezuma de estas breves acotaciones está hoy en plena vigencia, y que evitando el contexto histórico, podrían perfectamente haber sido escritas la semana pasada.

Por ello me ha parecido oportuno repetir a Popper en la serie de Textos para Pensar, así que me he cogido el libro, he escaneado los post scríptum, los he pasado por un software OCR online, y voilà. ¡Qué lo disfruten!

Apostillas extraídas de Búsqueda sin término. Una autobiografía intelectual de Karl R. Popper.

Post Scríptum

Cuando los editores me pidieron que escribiese un breve post scríptum para esta obra, se me planteó la cuestión de si continuaba pensando igual que cuando la escribí en 1969, y si, tal como dije entonces, seguía sintiéndome el filósofo más feliz que jamás hubiese conocido.

Esta cuestión hace alusión a mi optimismo, a mi creencia en que estamos viviendo en un mundo maravilloso. Y esta creencia se ha fortalecido aún más desde entonces. Sé muy bien que hay mucha imperfección en nuestra sociedad occidental, pero sigo estando seguro de que es la mejor posible. Y una buena parte de su imperfección es achacable a la religión que la gobierna. Me refiero con esto a la creencia religiosa dominante de que el mundo social en que vivimos es una especie de infierno. Esta religión ha sido difundida por los intelectuales, especialnente los situados en el sector de la enseñanza y en el de los medios de comunicación. Hay una especie de competición entre el pesimismo y la fatalidad: cuanto más radical sea la condena de nuestra sociedad occidental, mayor parece ser la probabilidad de ser escuchado (y quizá la de desempeñar un papel importante en ella).

Paralelamente a esta difusión de la idea, según la cual nuestras democracias liberales occidentales están condenadas, ha corrido la especie, compartida por muchos intelectuales, de que el marxismo es una ciencia, y que gracias al poder de la ciencia podemos «saber» que el credo marxista saldrá finalmente victorioso. La inevitabilidad de la victoria del comunismo implica que Occidente simplemente tendrá que rendirse en lugar de intentar —en vano, por supuesto- oponer su fuerza militar a la inexorable difusión del comunismo. En este caso, sería Occidente el único responsable de una eventual guerra atómica. De este modo, Occidente aparece como un terrible monstruo que amenaza al mundo en un insensato intento de impedir el advenimiento en la tierra del paraíso comunista.

Los intelectuales son perfectamente progresistas; pero el progreso no es fácil de alcanzar, y el mero progresismo es peligroso porque puede conducir con facilidad a decisiones equivocadas. Al considerar el marxismo como programa progresista y comprobar que ha sido refutado, tanto en la teoría como en la práctica, los intelectuales se han radicalizado aún más, pues han descubierto que pueden seguir profesando su credo marxista si culpan de la falta de logros del marxismo a la resistencia que le han opuesto los estados «capitalistas» (es decir, no-marxistas). Por ejemplo, son muchos los que piensan que esta resistencia es lo que ha obligado a la Unión Soviética a gastar en armamento una parte tan sustancial de sus recursos.

El sueño de una utopía marxista y del radicalismo utópico, y el odio a un Occidente no-marxista, han conducido a cosas tales como el apoyo a la violencia y a la afirmación de que la libertad, que en Occidente está ligada actualmente al industrialismo, es una forma encubierta de totalitarismo y, por lo tanto, peor que cualquier forma explícita del mismo.

Ésta es la versión actual de una doctrina política característica de los comunistas occidentales con la que ya me encontré en 1919: la política de «cuanto peor, mejor» (para el comunismo).

Creo que sólo hay una cosa que podemos aprender de los rusos: ellos dicen al pueblo que viven en la mejor sociedad que nunca haya existido.

Todo el que esté en condiciones de comparar seriamente la vida en las democracias liberales occidentales con la existente en otras sociedades se verá obligado a reconocer que en Europa, en Norteamérica, en Australia y en Nueva Zelanda tenemos las mejores y más justas sociedades que desde siempre han existido en la historia de la humanidad. No sólo porque hay en ellas muy pocas personas que carezcan de alimentos o de hogar, sino porque ofrecen a los jóvenes infinitamente más oportunidades de elegir su propio futuro. Hay numerosas posibilidades para aquellos que desean aprender y para los que quieran disfrutar de su vida de diferentes formas. Pero quizá lo más importante sea el hecho de que estamos dispuestos a escuchar críticas justificadas y que nos agrada recibir propuestas razonables sobre cómo mejorar nuestra sociedad. Porque ésta no sólo se halla abierta a la reforma, sino que está deseosa de reformarse.

A pesar de lo dicho, la propaganda del mito de que vivimos en un mundo odioso ha tenido éxito.

¡Abran los ojos y contemplen cuan bello es el mundo y qué afortunados somos los que vivimos en él!

Mayo de 1986

Post Scríptum al marxismo, 1992

Mi editor me ha pedido que escriba un segundo epílogo para la nueva edición, puesto que el primero ha cumplido ya seis años. Me parece que quizá estoy viviendo demasiado tiempo.

Ciertamente: mis familiares más próximos han muerto, lo mismo que mis amigos más íntimos e incluso algunos de mis mejores discípulos. Sin embargo no tengo motivos para quejarme. Me siento gratificado y feliz por seguir vivo y por poder continuar con mi trabajo, aunque sólo sea por eso. Mi trabajo es ahora lo más importante.

Pero no debo hablar de mí mismo: cosas de la mayor importancia han ocurrido durante estos últimos años. La Unión Soviética entró en crisis y ha dejado de existir, sin que esto haya acarreado hasta ahora una gran catástrofe. Junto a los acontecimientos que desencadenaron la Primera Guerra Mundial, que casi destruye la civilización europea, ésta ha sido la secuencia de sucesos más importante en mi vida.

El comunismo soviético se ha extinguido, y con él la mayor amenaza nuclear para la humanidad. Regocijémonos. Y esperemos que no retome esa amenaza en una nueva forma: hay muchas posibilidades. Desarmémonos y abandonemos la polarización de la izquierda y derecha, parte del legado del marxismo, consecuencia a su vez de la amenaza nuclear.

Intentemos vivir en paz, y disfrutemos de nuestras responsabilidades.

Kenley, febrero de 1992

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