Galileo y la Inquisición. Escépticos y alarmistas. ¿Quién es quién?

Hay que tener mucho tiempo libre y paciencia para desarticular todas y cada una de las estupideces que vierten a diario los frailes del Alarmismo Climático. Sin embargo hay ocasiones en las que el grado de cinismo es tal, que aunque sólo sea por higiene intelectual, tienes que poner la pausa en tus actividades cotidianas, respirar hondo, reprimir los primeros improperios que surgen de manera espontánea, para terminar finalmente escribiendo un artículo que sea lo más equilibrado posible.

Esta vez ha sido esta entrada que el pasado fin de semana excretaba John Cook en Skeptical Science, un panfleto alarmista famoso por cocinar argumentos para rebatir a los escépticos a golpe de recetas del IPCC (que por cierto han sido refutados uno por uno por Lubos Motl en The Reference Frame), y que recientemente ha estado en el ojo del huracán gracias a su paper-chiste apuntalando el consenso del Clima.

Galileo before the Holy Office

En la entrada el bueno de Cook comenta una nueva edición de un libro que lleva por título “The Inquisition of Climate Science” en el que, haciendo gala de una cara tan dura que rayaría el diamante, se sostiene que el escepticismo sobre el clima juega el mismo papel que la Inquisición Romana en tiempos de Galileo, y que la “Ciencia moderna” está sufriendo un exitoso ataque por parte de las fuerzas negacionistas…

La entradilla de Fray Cook no tiene desperdicio:

Los que rechazan el consenso de origen humano del calentamiento global les gusta compararse con Galileo, que desafió la opinión de la Iglesia de que el sol giraba alrededor de la Tierra. Resulta que esta comparación está al revés. Los científicos modernos siguen el método científico basado en la evidencia del que Galileo fue pionero. El “consenso” del geocentrismo fue promovido por la iglesia en lugar de la comunidad científica. La similitud con la situación actual es que los científicos modernos también están siendo perseguidos por grupos ideológicamente motivados.

En general es absurdo utilizar un enfoque moderno para valorar los hechos que ocurren siglos atrás o viceversa, básicamente porque eso significaría obviar el contexto y las circunstancias que definen el marco de referencia donde esos hechos se desarrollan. Pero si se hace, hágase bien:

– Es cuando menos aventurado hablar de una comunidad científica como tal entre los siglos XV a XVII, y mucho menos que hubiera una conexión entre diferentes corrientes que nos permitiera hablar de un consenso científico. Más que nada porque nos encontramos en pleno Renacimiento (e incubándose la Revolución Científica), un periodo histórico en el que todo el conocimiento se está reordenando y todavía resulta complicado discriminar Ciencia de Filosofía y ésta de la Teología o la Religión. Una buena muestra del carácter difuso de la frontera entre las diferentes ramas del conocimiento es la Astrología, que había crecido en la antigüedad como hermana de la Astronomía y prima de las Matemáticas, y que todavía contaba con cierto apoyo de eminentes astrónomos de la época como Johannes Kepler o Tycho Brahe.

– Con esto en mente, considerar que la visión geocéntrica fue superada gracias a un aislado y solitario Galileo, en contra de los poderes fácticos de la Iglesia que querían imponer el modelo Ptoloméico, es de una simplificación tan desmesurada que parece que estuviera sacada de un libro de la Logse. Y por supuesto supone obviar los problemas observacionales que habían inspirado los trabajos de entre otros Copérnico, Kepler o Brahe (como la retrogradación de los planetas, y la poca capacidad de predicción de los fenómenos astronómicos).

Definido a grandes rasgos el escenario, podemos identificar los diferentes aspectos que pueden ser significativos si queremos emparejar roles.

Hace cuatrocientos años teníamos una cosmovisión que situaba a la Tierra en el centro del Universo. Como una buena parte de la Astronomía se había desarrollado por muchos siglos en entornos eclesiásticos (como cualquier otra actividad intelectual por otra parte), y la Teología Cristiana era un poder preponderante en la sociedad de la época, no parece descabellado asociar la Iglesia Católica Romana con la máxima autoridad en asuntos filosóficos, aunque no debemos olvidar que la Astronomía era un asunto menor dentro de la Filosofía.

Diferentes astrónomos de la época (relacionados por supuesto con la Iglesia en mayor o menor medida), se habían percatado de incongruencias entre las observaciones y el modelo Ptoloméico, y a pesar del ostracismo oficial (recordemos que la obra en la que Nicolás Copérnico planteaba la teoría heliocéntrica, De revolutionibus orbium coelestium, no se llegó a publicar hasta su muerte) propusieron la superación de dicho modelo en favor del sistema heliocéntrico.

En este contexto Galileo fue el primero que fue más allá del simple planteamiento de un modelo alternativo, y armado de un telescopio de su propia invención, aportó pruebas empíricas/observacionales que dejaban poco margen de duda sobre la teoría heliocéntrica, lo cual a la postre le llevaría ante el tribunal inquisitorial de Roma, acusado de herejía. Huelga recordar que el juicio fue eminentemente teológico no científico, y que su condena a arresto domiciliario de por vida, ni modificó su Fe, ni cambió un milímetro su posición científica (ni su producción, por cierto), ni detuvo la aceptación del nuevo paradigma por los astrónomos de la época.

Herejes del Calentamiento Global

En la actualidad la Ciencia oficial tiene una teoría que es apoyada por una buena parte de los centros oficiales/públicos (la analogía con la máxima autoridad es inmediata) que apunta a las emisiones humanas de gases de efecto invernadero como la principal causa de la mayor parte del calentamiento observado. La hipótesis central que transforma esta teoría en Alarmismo se basa en una estimación de la sensibilidad climática al CO2 (cambio de temperatura al doblar la cantidad de CO2) en un valor que oscila entre 2  y 4.5 ºC, algo que tendría, también hipotéticamente, unas consecuencias catastróficas para el ser humano de final de siglo.

El problema viene cuando te das cuenta de que estamos ante unos presupuestos que no se han podido validar empíricamente, y que de momento no admiten la falsación (de hecho cada vez que los datos contradicen los dogmas oficiales son automáticamente considerados como prueba de que la hipótesis es correcta, con dos palitos y un tambor).

La mayor parte de los fondos destinados al estudio del clima, que han crecido exponencialmente con el alarmismo, se dedican a financiar estudios que inciden en aquella hipótesis, y que no se desvían ni un milímetro del paradigma oficial. Esto implica necesariamente que todo científico que ose plantear nuevas hipótesis o criticar la posición del consenso, se verá avocado a luchar contra toda la maquinaria oficial, tendrá dificultades para publicar, y se tendrá que enfrentar con la guardia pretoriana del Alarmismo Climático.

Así que… En el ámbito del debate climático, ¿dónde queda el Método Científico? ¿Quién promueve el consenso? ¿Qué científicos son atacados y condenados al ostracismo? Las preguntas creo que se contestan solas, y sus respuestas dejan negro sobre blanco la inmoralidad que supone darle la vuelta a la tortilla, para acusar de los propios pecados al contrincante.

Y luego se preguntan que por qué la gente no les cree… mi opinión es que no les cree porque perciben claramente este tipo de maniobras, porque para ello no hace falta saber una palabra sobre Ciencia, basta con una pizca de sentido común y otra de ética elemental.

Viñeta traducida del original en Cox&Forkum.

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