Telebasura y sociedad, Podemos al panteón.

La telebasura es una parte esencial de la televisión, quizá inherente a ella. Decía Ramón J. Sender que “la televisión es una hija del cine que le ha salido disipada y de malas costumbres“, pero se equivocaba, porque el Cine ha tenido indiscutiblemente también sus taras (y las tiene, el actual cine español es quizá la cumbre de Telebasura 2015algunas de esas taras), circunstancia que no le impide ser considerado el Séptimo Arte en el orden clasico, aquel existente antes de que el posmodernismo convirtiera en Arte (o en Ciencia) toda excrecencia humana cuyo autor afirme (o desee con todas sus fuerzas) que es arte (o ciencia). [Añadiría además que estoy convencido de que hoy Sender no pensaría lo mismo si tuviera, por ejemplo, la oportunidad de ver esa maravilla (de la televisión, del cine, del periodismo y si me apuras del análisis social) que es The Wire, y que es el perfecto paradigma de que el mejor Cine hoy se hace en y para televisión.]

La telebasura produce monstruos, si, pero no son monstruos ajenos a la propia sociedad, son los engendros con los que tropezamos cotidianamente y que forman parte del paisaje humano contemporáneo.

La televisión funciona sólo como una lupa, y como tal, aparte de magnificar, produce también aberraciones. La mayor de éstas es seguramente la facultad de sintetizar y resaltar los aspectos más llamativos y distintivos de las personas que se someten al escrutinio de la lente televisiva. Quizá por eso el “género” de la imitación de personajes de la tele, no necesariamente de la telebasura, ha sido siempre tan popular (i.e. tan sencillo de ejecutar por los artistas y de asimilar por la audiencia).

La telebasura emerge de forma espontánea cuando los personajes retratados son naturalmente -o al menos tienen marcados matices-, extravagantes, divertidos, surrealistas, patéticos, etc… y ademas, simultáneamente, tienen un número considerable de características que les haga representativos de grupos suficientemente homogéneos, aquellos que terminan siendo la base de esos arquetipos a los que todos recurrimos a la hora de clasificar a nuestros congéneres: el estereotipo del artista, el del empresario, el intelectual, el cachondo mental, el yerno, el cuñado, el empollón, el paleto, el analista, el adivino, el cura… y por supuesto, también el del político.

Por eso, al sumar los efectos de la aberración “física” que produce la televisión, con la aberración intrínseca de los personajes, y marinada la mezcla en el hecho de que los aspectos más relevantes de estos homínidos suelen ser adyacentes, cuando no coincidentes, con sus principales defectos (a menudo taras), el resultado es que surge espectáculo. Y el espectáculo siempre vende.

El problema, para ellos, aparece cuando el público percibe que más allá de esas singularidades que les hacían “únicos” en un momento determinado, no tienen nada más que ofrecer, y que su repertorio es limitado y por ende reiterativo. Y entonces caducan. Y lo peor de todo, lo mejor para nosotros, es que no hay marcha atrás, cuando la telebasura regurgita uno de estos personajes, de ahí ya no se sale nunca, podrás caer en el olvido, podrás salir con una cuenta contable de resultados positiva, podrás pedir una prórroga en la Isla de los Famosos, pero tu imagen jamás saldrá del panteón de la telebasura. Sic transit gloria mundi.

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