Ciencia, ciencia española, y ciencia en Cervantes.

He tropezado con este interesante artículo en El Español de hace unos días, “El Quijote, un libro que todo científico debería leer“, que firma @josePichel. Merece la pena echar el rato, especialmente si detectas los sesgos y consecuentemente los desactivas. Me refiero sobre todo al españoleo que impregna algunos fragmentos, ese intento de dar un lustre que no tiene a la Ciencia española, aunque a decir verdad no se hasta que punto este sesgo corresponde al autor del artículo, a la principal referencia del texto, o a una retroalimentación entre ambos factores.

En el capítulo XVII don Quijote revela los ingredientes del bálsamo de Fierabrás: aceite, vino, sal y romero

En el capítulo XVII don Quijote revela los ingredientes del bálsamo de Fierabrás: aceite, vino, sal y romero. Imagen vía ÍnsuLa CerBantaria.

Al principio se cita la obra La fuerza de Fierabrás. Medicina, ciencia y terapéutica en tiempos del Quijote (Amazon – no disponible) de Javier Puerto, farmacéutico y miembro de la Real Academia de la Historia. Echando un ojo a su extensa obra, veo difícil que este académico no sea capaz de distinguir entre ciencia y protociencia, y que no asuma que en esa época (e incluso hasta mucho después, bien entrado el siglo XIX), la mayoría de la medicina, así como otros campos afines como la farmacología o la cirugía de la época, caen de lleno en el segundo grupo.

Por supuesto entre las azarosas hazañas de Don Quijote aparecen múltiples alusiones a la “medicina”, pero son todas encuadrables en lo que hoy llamamos fitoterapia, una disciplina que se puede considerar marginal, no se muy bien si de la botánica o de lo que actualmente conocemos como farmacología médica, y a la que por tanto hay que echarle una pizca de sal al relacionarla con la Medicina, y un buen puñado para hacerlo con la Ciencia en general.

Tiene razón Javier Puerto cuando afirma que estamos en “el momento germinal de la ciencia moderna“. Sin duda, pero seamos serios, no es precisamente gracias a la medicina de la época, ni tampoco a sus mejores representantes españoles (se cita a Servet, y a Andrés Laguna). El caracter seminal de la ciencia de este siglo a caballo entre el XVI y el XVII, la época en que vivió Cervantes, se debe esencialmente a Galileo Galilei que puso las primeras piedras del Método Científico, y a Descartes como padre de la Geometría Analítica, que abonaron el terreno para que otros gigantes como ellos (Newton y Leibniz primero, y Euler, Lagrange, Coulomb, Fourier, Gauss, Faraday, Maxwell y Gauss, entre otros, después), construyeran el edificio moderno de la Física y de la Matemática, y a la postre, de toda la Ciencia actual.

Si se admite sin embargo que:

“Muchas otras ciencias tienen un peso importante en sus obras, aunque desigualmente actualizadas. Nicolás Copérnico, que murió poco antes del nacimiento de Cervantes, explica que el Sol es el centro del Sistema Solar y que los planetas giran a su alrededor en De revolutionibus orbium coelestium (Sobre las revoluciones de las esferas celestes) y “el libro y las teorías se reciben y transmiten, en principio, muy bien en España”, comenta Javier Puerto. Sin embargo, Cervantes prefiere citar a Ptolomeo, avalado por dos milenios de tradición según la cual, la Tierra permanecía inmóvil y todos los astros giraban a su alrededor.”

Bien, no es extraño que se cite a Ptolomeo en vez de a Copérnico, hay que tener en cuenta que se habla de modelos cosmológicos mayormente irrelevantes desde el punto de vista de los observadores ordinarios, para los cuales tomar su posición como central y considerar todos los movimientos celestes como si ocurrieran alrededor de la orbe, no solo es legítimo sino que es además lógico. El problema de que tal modelo produzca inconsistencias y complicaciones matemáticas, sólo podía preocupar entonces a gente con mucho tiempo o con mucha imaginación, o las dos cosas como es el caso en curas y frailes.

La última contribución del académico Javier Puerto es a mi juicio la más insostenible:

“La España en que vivió Cervantes era la meca de la ciencia y la tecnología de su época; el Siglo de Oro, también, de la ciencia española.”

Puede que se puedan encontrar contribuciones españolas a la Ciencia de la época, pero siempre serán de segunda división, siendo benévolos, y en campos puramente aplicados relacionados con la cartografía (de estos hay unos cuantos), con la navegación y la ingeniería (como Blasco de Garay o Juan Cedillo Díaz), la explotación minera (como Álvaro Alonso Barba), y asuntos similares. Es decir, más orientados a las necesidades puntuales de la Corona, que al puro ansia de conocimiento en el que se fundamentaba la primera liga científica, que entonces se estaba jugando principalmente en Italia, Inglaterra, Francia y Alemania.

Nada de eso ha cambiado en el siglo XIX, ni en el XX (con las más grandes revoluciones científicas de la historia, Relatividad y Mecánica Cuántica), y no tiene pinta de que vaya a cambiar en el XXI. Lo más cerca que los españoles estamos de un premio Nobel de Física es del de Claude Cohen-Tannoudji, francés de origen sefardí, en 1997.

Pero más triste que padecer esta sequía científica, es el intento de dulcificarla abandonando el rigor, o rebuscando ejemplos que no se sostienen en la historia de la Ciencia. Queda mal, no merece la pena, y al fin y al cabo no tenemos que avergonzarnos de nada, por ejemplo, sin salir del Siglo de Oro, en Literatura o Arte.

No sabía yo que algunos utilizaban esta aventura del Quijote (“Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación” – Capítulo VIII) para ilustrar el atraso tecnológico de España. Yo particularmente estoy más de acuerdo con Nicolás García Tapia, coautor -junto con mi ex-profesor Sánchez Ron– de La ciencia y El Quijote (AmazonÍndice en la UCLM), en que “el aspecto cómico del suceso procede, precisamente, de que cualquier persona de la época conocía a la perfección estos artefactos, que suponían un gran adelanto con respecto a otro tipo de molinos de agua o tirados por animales“.

Don_Quixote_Dore

Recuerdo que la imagen icónica del Quijote enfrentándose a los molinos de viento, la utilizaba mucho en los noventa para “explicar” a los ecologistas que las energías renovables se llevan utilizando desde hace muchos siglos. [Gustave Doré – Wikimedia Commons]

Ah, se me olvidaba, tampoco me gusta el título del artículo, “El Quijote, un libro que todo científico debería leer“. El Quijote es una joya de la Literatura Universal, eso quiere decir que encierra mucha más sabiduría (al menos humana), que cualquiera de las maravillosas teorías sobre la naturaleza desentrañadas por los diferentes sabios que han ido pasando los últimos 2500 años. Por eso El Quijote está entre los libros que toda persona debería leer, sea científico, sea peluquero.

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