Tagged: Libros Toggle Comment Threads | Keyboard Shortcuts

  • Eclectikus 21:04 on 21/12/2016 Permalink | Reply
    Tags: Libros, ,   

    La tienda de los fantasmas de Chesterton. Feliz Navidad. 

    Feliz Navidad a todos amigos.

    La tienda de los fantasmas

    Casi todo lo mejor y más valioso del universo puede comprarse por medio penique. Exceptuando, por supuesto, el sol, la luna, las estrellas, la tierra, la gente, las tormentas y otras baratijas. Las tienes gratis. Además, dejo de lado otra cosa, que no puedo mencionar en este periódico, cuyo precio más bajo es la mitad de medio penique. Este principio general resultará enseguida evidente. En la calle detrás de mí, puedes montar en un tranvía eléctrico por medio penique. Subirte a un tranvía eléctrico es como subirte a un castillo volador en un cuento de hadas. Puedes hacerte con un buen puñado de chucherías de colores por la mitad de un penique. También tienes la oportunidad de leer este articulo por medio penique, junto con, por supuesto, otras cosas menos importantes.

    Pero si quiere descubrir la enorme cantidad de cosas asombrosas que puedes conseguir por medio penique, haz lo que yo hice anoche. Estampé la nariz contra el escaparate de una de las tiendas más pequeñas y peor iluminadas de uno de los callejones más estrechos y oscuros del barrio de Battersea. Pero por oscuro que fuese ese rectángulo de luz, resplandecía con todos los colores que Dios creó, utilizando la expresión que una vez escuché a un niño. Los juguetes de los pobres son todos como los niños que los compran. Sucios pero todos alegres. Por mi parte, prefiero la alegría a la limpieza. La primera es del alma y la segunda del cuerpo. Les ruego que me disculpen, es que soy demócrata. Sé que estoy trasnochado en el mundo actual.

    Mientras miraba aquel palacio de maravillas liliputienses, los pequeños autobuses verdes, los pequeños elefantes azules, los muñequitos negros y las pequeñas arcas de Noé rojas, debí caer en una especie de trance antinatural. El escaparate iluminado se transformó en el brillante escenario en que uno contempla una comedia muy entretenida. Me olvide de las casas grises y de la gente triste a mis espaldas como uno se olvida del público y las galerías oscuras en el teatro. Me parecía que los objetos detrás del cristal eran pequeños no por su tamaño, sino a causa de la distancia. El autobús verde era realmente un autobús verde. Un autobús verde del barrio de Bayswater, que estuviese recorriendo un enorme desierto, al hacer su ruta diaria hasta Bayswater. El elefante ya no era azul por la pintura sino por la distancia. El muñequito era realmente un hombre de raza negra recortándose contra el brillante follaje tropical de la tierra en que cada planta tiene un color ardiente y solo el ser humano es oscuro. El arca de Noé roja era en verdad la enorme nave de la salvación del mundo, flotando en un mar acrecentado por la lluvia, en el rojo primer amanecer de la esperanza.

    Creo que todos tenemos estos extraordinarios instantes de abstracción, estos brillantes momentos con la mente en blanco. En momentos semejantes, podemos mirar a la cara a nuestro mejor amigo y ver gafas y bigotes imaginarios. Por lo general están marcados por lo lento que se desarrollan y lo abrupto de su fin. El regreso a la actividad mental normal es a menudo tan repentino como tropezarse con alguien. A menudo, uno termina chocándose de verdad contra alguien, al menos en mi caso. Pero de todos modos, el despertar es claro y, por lo general, completo. Pues bien, en esta ocasión, aunque una ola de cordura me arrastró a la conciencia de que en realidad solamente estaba mirando una humilde y diminuta juguetería, de alguna extraña manera la curación no parecía ser definitiva. Algo que no podía controlar seguía diciéndome que me había adentrado en una atmósfera extraña, o que había hecho algo raro. Me sentía como si hubiese obrado un milagro o cometido un pecado. Era como si de alguna forma hubiese atravesado una frontera del alma.

    Para librarme de esta sensación onírica tan peligrosa, entré en la tienda e intenté comprar algunos soldaditos de madera. El dependiente era muy anciano y estaba muy deteriorado. Con medio rostro y toda la cabeza cubiertos de despeinado cabello cano. Un cabello tan increíblemente blanco que parecía artificial. Y aunque parecía senil y enfermo no se reflejaba sufrimiento en sus ojos. Era como si, poco a poco, se estuviese quedando dormido en una decadencia amable. Me dio los soldaditos de madera pero, cuando coloqué el dinero sobre el mostrador, aparentó no verlo en un primer momento. Parpadeó débilmente mirándolo y lo apartó débilmente.

    -No, no –dijo confuso – Nunca lo he hecho así. Nunca. Aquí somos muy anticuados.
    -No aceptar dinero me parece algo a la más rabiosa última moda más que anticuado.
    -Nunca lo he hecho así – contestó el anciano sonándose los mocos – Siempre he dado regalos y soy demasiado viejo para cambiar.
    -¡Por el amor de Dios! – dije – ¿Qué quiere decir? Está hablando como si fuese Papá Nöel.

    En el exterior, las farolas no podían estar encendidas. En cualquier caso, era imposible ver nada más allá del escaparate iluminado. No se escuchaban pasos ni voces por la calle. Parecía que me hubiese internado en un nuevo mundo en el que el sol no brillaba. Pero algo había soltado las amarras del sentido común y no podía sorprenderme más que de una manera somnolienta.

    -Pareces enfermo, Papá Nöel – Algo me impulsó a decir eso.
    -Estoy agonizando.

    Guardé silencio y fue él quien habló de nuevo.

    -Todos los nuevos se han marchado. No lo entiendo. Se meten conmigo por razones tan raras e incoherentes. Los científicos, todos los innovadores. Dicen que le doy a la gente supersticiones y les vuelvo demasiado ilusos, que les doy carnes horneadas y les hago demasiado materialistas. Dicen que mis partes celestiales son demasiado celestiales, que mis partes mundanas son demasiado mundanas. No sé lo que quieren, de eso si que estoy seguro. ¿Cómo puede algo celestial serlo demasiado? ¿Cómo puede algo mundano ser demasiado mundano? ¿Cómo se puede ser demasiado bueno o demasiado alegre? No lo entiendo. Pero hay algo que entiendo demasiado bien: esta gente moderna está viva y yo muerto.
    -Tú sabrás si estás muerto – repliqué – pero a lo que ellos hacen no lo llamo vivir.

    Un silencio cayó entre nosotros que, de alguna manera, esperé ver roto. No había durado unos segundos, cuando, en medio de la total tranquilidad, escuché unos pasos que, cada vez más rápidos, se acercaban por la calle. Al instante, una figura se lanzó al interior de la tienda y quedo enmarcada en el umbral. Vestía una chistera blanca, echada hacia atrás como con prisa, anticuados pantalones negros ceñidos, anticuados chaleco y chaqueta de colores brillantes y un fantástico abrigo viejo. Tenía los ojos, abiertos y brillantes, de un actor de carácter, una cara pálida y nerviosa y la barba muy recortada. Abarcó al anciano y su tienda en una mirada que fue de verdad como una explosión y lanzó la exclamación de un hombre por completo estupefacto.

    -¡Buen Dios! ¡No puedes ser tú! – gritó – Vine a preguntar dónde estaba tu tumba.
    -Aún no he fallecido, Sr. Dickens – contestó el anciano con su débil sonrisa – Pero me estoy muriendo – añadió como tranquilizándole
    -Pero a paseo con todo si no agonizaba en mis tiempos – dijo el Sr. Charles Dickens alegremente – Y no pareces ni un día más viejo.
    -Llevó así mucho tiempo – Dijo Papá Nöel.

    El Sr. Charles Dickens le dio la espalda y sacó la cabeza por la puerta, metiéndola en la oscuridad.

    -Dick – bramó a todo pulmón – sigue vivo.

    Otra sombra oscureció el umbral, entró un caballero mucho mayor y más fuerte que llevaba puesta una enorme peluca empolvada. Abanicaba su sofocado rostro con un sombrero militar correspondiente a la moda de la época de la reina Ana. Andaba erguido como un soldado y en su cara había una expresión arrogante que era repentinamente desmentida por sus ojos. Humildes como los de un perro. Su espada hacia mucho ruido, como si la tienda fuese demasiado pequeña para ella.

    -En verdad – dijo Sir Richard Steele – Es cuestión harto prodigiosa, pues este hombre se acercaba a su último aliento cuando escribí sobre Sir Roger de Coverley y su día de navidad.

    Mis sentidos se embotaban y el cuarto se oscurecía. Parecía repleto de recién llegados.

    -Se ha dado siempre por entendido – dijo un hombre gordo que ladeaba la cabeza en un gesto obstinado y humorístico (me parece que era Ben Johnson). Se ha dado siempre por entendido, cónsul Jacobo, bajo nuestro rey Jaime o bajo su difunta Majestad la reina, que costumbres tan buenas y saludables decaían. Y que era previsible su desaparición. Este anciano canoso no esta ahora menos robusto que cuando yo le eche el ojo.

    Y creo que también escuché a un hombre vestido con malla verde, como Robin Hood, decir en una mezcla de inglés y francés normando “ Pero sí lo vi agonizante.”

    -Llevo así mucho tiempo – Dijo Papá Nöel otra vez a su débil manera.

    El Sr. Charles Dickens de repente se le acercó y se inclinó delante de él.

    -¿Desde cuando? –preguntó – ¿Desde que naciste?
    -Sí- contestó el anciano y se dejó caer en su silla temblando – Siempre he agonizado.

    El Sr.Charles Dickens se quitó el sombrero haciendo una reverencia como la haría un hombre que llamase a la multitud a amotinarse.

    -Ahora lo entiendo – gritó – Nunca morirás.

    G.K. Chesterton (1874-1936)

    Nota

    Este cuento se encuentra traducido al español a lo largo y ancho de Internet, pero puedes leer la versión original en inglés por ejemplo en los servidores de De Montfort University: The Shop Of Ghosts, y también hay una edición ilustrada y en tapa dura en Amazon (.es, .com).

    Las imágenes vienen de Pinterest: la fotografía de ‘Old Fashion Christmas‘ y la animación navideña de aquí.

    Ya recurrí a Chesterton en esta entrada de 2012: Feliz Navidad. La Navidad según Chesterton.

    ¡Felices fiestas a todos!

    Ec.

     
  • Eclectikus 22:53 on 01/04/2016 Permalink | Reply
    Tags: , , Libros   

    Ciencia, ciencia española, y ciencia en Cervantes. 

    He tropezado con este interesante artículo en El Español de hace unos días, “El Quijote, un libro que todo científico debería leer“, que firma @josePichel. Merece la pena echar el rato, especialmente si detectas los sesgos y consecuentemente los desactivas. Me refiero sobre todo al españoleo que impregna algunos fragmentos, ese intento de dar un lustre que no tiene a la Ciencia española, aunque a decir verdad no se hasta que punto este sesgo corresponde al autor del artículo, a la principal referencia del texto, o a una retroalimentación entre ambos factores.

    En el capítulo XVII don Quijote revela los ingredientes del bálsamo de Fierabrás: aceite, vino, sal y romero

    En el capítulo XVII don Quijote revela los ingredientes del bálsamo de Fierabrás: aceite, vino, sal y romero. Imagen vía ÍnsuLa CerBantaria.

    Al principio se cita la obra La fuerza de Fierabrás. Medicina, ciencia y terapéutica en tiempos del Quijote (Amazon – no disponible) de Javier Puerto, farmacéutico y miembro de la Real Academia de la Historia. Echando un ojo a su extensa obra, veo difícil que este académico no sea capaz de distinguir entre ciencia y protociencia, y que no asuma que en esa época (e incluso hasta mucho después, bien entrado el siglo XIX), la mayoría de la medicina, así como otros campos afines como la farmacología o la cirugía de la época, caen de lleno en el segundo grupo.

    Por supuesto entre las azarosas hazañas de Don Quijote aparecen múltiples alusiones a la “medicina”, pero son todas encuadrables en lo que hoy llamamos fitoterapia, una disciplina que se puede considerar marginal, no se muy bien si de la botánica o de lo que actualmente conocemos como farmacología médica, y a la que por tanto hay que echarle una pizca de sal al relacionarla con la Medicina, y un buen puñado para hacerlo con la Ciencia en general.

    Tiene razón Javier Puerto cuando afirma que estamos en “el momento germinal de la ciencia moderna“. Sin duda, pero seamos serios, no es precisamente gracias a la medicina de la época, ni tampoco a sus mejores representantes españoles (se cita a Servet, y a Andrés Laguna). El caracter seminal de la ciencia de este siglo a caballo entre el XVI y el XVII, la época en que vivió Cervantes, se debe esencialmente a Galileo Galilei que puso las primeras piedras del Método Científico, y a Descartes como padre de la Geometría Analítica, que abonaron el terreno para que otros gigantes como ellos (Newton y Leibniz primero, y Euler, Lagrange, Coulomb, Fourier, Gauss, Faraday, Maxwell y Gauss, entre otros, después), construyeran el edificio moderno de la Física y de la Matemática, y a la postre, de toda la Ciencia actual.

    Si se admite sin embargo que:

    “Muchas otras ciencias tienen un peso importante en sus obras, aunque desigualmente actualizadas. Nicolás Copérnico, que murió poco antes del nacimiento de Cervantes, explica que el Sol es el centro del Sistema Solar y que los planetas giran a su alrededor en De revolutionibus orbium coelestium (Sobre las revoluciones de las esferas celestes) y “el libro y las teorías se reciben y transmiten, en principio, muy bien en España”, comenta Javier Puerto. Sin embargo, Cervantes prefiere citar a Ptolomeo, avalado por dos milenios de tradición según la cual, la Tierra permanecía inmóvil y todos los astros giraban a su alrededor.”

    Bien, no es extraño que se cite a Ptolomeo en vez de a Copérnico, hay que tener en cuenta que se habla de modelos cosmológicos mayormente irrelevantes desde el punto de vista de los observadores ordinarios, para los cuales tomar su posición como central y considerar todos los movimientos celestes como si ocurrieran alrededor de la orbe, no solo es legítimo sino que es además lógico. El problema de que tal modelo produzca inconsistencias y complicaciones matemáticas, sólo podía preocupar entonces a gente con mucho tiempo o con mucha imaginación, o las dos cosas como es el caso en curas y frailes.

    La última contribución del académico Javier Puerto es a mi juicio la más insostenible:

    “La España en que vivió Cervantes era la meca de la ciencia y la tecnología de su época; el Siglo de Oro, también, de la ciencia española.”

    Puede que se puedan encontrar contribuciones españolas a la Ciencia de la época, pero siempre serán de segunda división, siendo benévolos, y en campos puramente aplicados relacionados con la cartografía (de estos hay unos cuantos), con la navegación y la ingeniería (como Blasco de Garay o Juan Cedillo Díaz), la explotación minera (como Álvaro Alonso Barba), y asuntos similares. Es decir, más orientados a las necesidades puntuales de la Corona, que al puro ansia de conocimiento en el que se fundamentaba la primera liga científica, que entonces se estaba jugando principalmente en Italia, Inglaterra, Francia y Alemania.

    Nada de eso ha cambiado en el siglo XIX, ni en el XX (con las más grandes revoluciones científicas de la historia, Relatividad y Mecánica Cuántica), y no tiene pinta de que vaya a cambiar en el XXI. Lo más cerca que los españoles estamos de un premio Nobel de Física es del de Claude Cohen-Tannoudji, francés de origen sefardí, en 1997.

    Pero más triste que padecer esta sequía científica, es el intento de dulcificarla abandonando el rigor, o rebuscando ejemplos que no se sostienen en la historia de la Ciencia. Queda mal, no merece la pena, y al fin y al cabo no tenemos que avergonzarnos de nada, por ejemplo, sin salir del Siglo de Oro, en Literatura o Arte.

    No sabía yo que algunos utilizaban esta aventura del Quijote (“Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación” – Capítulo VIII) para ilustrar el atraso tecnológico de España. Yo particularmente estoy más de acuerdo con Nicolás García Tapia, coautor -junto con mi ex-profesor Sánchez Ron– de La ciencia y El Quijote (AmazonÍndice en la UCLM), en que “el aspecto cómico del suceso procede, precisamente, de que cualquier persona de la época conocía a la perfección estos artefactos, que suponían un gran adelanto con respecto a otro tipo de molinos de agua o tirados por animales“.

    Don_Quixote_Dore

    Recuerdo que la imagen icónica del Quijote enfrentándose a los molinos de viento, la utilizaba mucho en los noventa para “explicar” a los ecologistas que las energías renovables se llevan utilizando desde hace muchos siglos. [Gustave Doré – Wikimedia Commons]

    Ah, se me olvidaba, tampoco me gusta el título del artículo, “El Quijote, un libro que todo científico debería leer“. El Quijote es una joya de la Literatura Universal, eso quiere decir que encierra mucha más sabiduría (al menos humana), que cualquiera de las maravillosas teorías sobre la naturaleza desentrañadas por los diferentes sabios que han ido pasando los últimos 2500 años. Por eso El Quijote está entre los libros que toda persona debería leer, sea científico, sea peluquero.

     
    • Titus Amatius Paulus 06:53 on 04/04/2016 Permalink | Reply

      Leí el Quijote después de haber leído y escuchado mucho de él… Prefiero leer al Quijote que leer sobre él.

  • Eclectikus 15:24 on 30/06/2013 Permalink | Reply
    Tags: , , , , Libros,   

    Galileo y la Inquisición. Escépticos y alarmistas. ¿Quién es quién? 

    Hay que tener mucho tiempo libre y paciencia para desarticular todas y cada una de las estupideces que vierten a diario los frailes del Alarmismo Climático. Sin embargo hay ocasiones en las que el grado de cinismo es tal, que aunque sólo sea por higiene intelectual, tienes que poner la pausa en tus actividades cotidianas, respirar hondo, reprimir los primeros improperios que surgen de manera espontánea, para terminar finalmente escribiendo un artículo que sea lo más equilibrado posible.

    Esta vez ha sido esta entrada que el pasado fin de semana excretaba John Cook en Skeptical Science, un panfleto alarmista famoso por cocinar argumentos para rebatir a los escépticos a golpe de recetas del IPCC (que por cierto han sido refutados uno por uno por Lubos Motl en The Reference Frame), y que recientemente ha estado en el ojo del huracán gracias a su paper-chiste apuntalando el consenso del Clima.

    Galileo before the Holy Office

    En la entrada el bueno de Cook comenta una nueva edición de un libro que lleva por título “The Inquisition of Climate Science” en el que, haciendo gala de una cara tan dura que rayaría el diamante, se sostiene que el escepticismo sobre el clima juega el mismo papel que la Inquisición Romana en tiempos de Galileo, y que la “Ciencia moderna” está sufriendo un exitoso ataque por parte de las fuerzas negacionistas…

    La entradilla de Fray Cook no tiene desperdicio:

    Los que rechazan el consenso de origen humano del calentamiento global les gusta compararse con Galileo, que desafió la opinión de la Iglesia de que el sol giraba alrededor de la Tierra. Resulta que esta comparación está al revés. Los científicos modernos siguen el método científico basado en la evidencia del que Galileo fue pionero. El “consenso” del geocentrismo fue promovido por la iglesia en lugar de la comunidad científica. La similitud con la situación actual es que los científicos modernos también están siendo perseguidos por grupos ideológicamente motivados.

    En general es absurdo utilizar un enfoque moderno para valorar los hechos que ocurren siglos atrás o viceversa, básicamente porque eso significaría obviar el contexto y las circunstancias que definen el marco de referencia donde esos hechos se desarrollan. Pero si se hace, hágase bien:

    – Es cuando menos aventurado hablar de una comunidad científica como tal entre los siglos XV a XVII, y mucho menos que hubiera una conexión entre diferentes corrientes que nos permitiera hablar de un consenso científico. Más que nada porque nos encontramos en pleno Renacimiento (e incubándose la Revolución Científica), un periodo histórico en el que todo el conocimiento se está reordenando y todavía resulta complicado discriminar Ciencia de Filosofía y ésta de la Teología o la Religión. Una buena muestra del carácter difuso de la frontera entre las diferentes ramas del conocimiento es la Astrología, que había crecido en la antigüedad como hermana de la Astronomía y prima de las Matemáticas, y que todavía contaba con cierto apoyo de eminentes astrónomos de la época como Johannes Kepler o Tycho Brahe.

    – Con esto en mente, considerar que la visión geocéntrica fue superada gracias a un aislado y solitario Galileo, en contra de los poderes fácticos de la Iglesia que querían imponer el modelo Ptoloméico, es de una simplificación tan desmesurada que parece que estuviera sacada de un libro de la Logse. Y por supuesto supone obviar los problemas observacionales que habían inspirado los trabajos de entre otros Copérnico, Kepler o Brahe (como la retrogradación de los planetas, y la poca capacidad de predicción de los fenómenos astronómicos).

    Definido a grandes rasgos el escenario, podemos identificar los diferentes aspectos que pueden ser significativos si queremos emparejar roles.

    Hace cuatrocientos años teníamos una cosmovisión que situaba a la Tierra en el centro del Universo. Como una buena parte de la Astronomía se había desarrollado por muchos siglos en entornos eclesiásticos (como cualquier otra actividad intelectual por otra parte), y la Teología Cristiana era un poder preponderante en la sociedad de la época, no parece descabellado asociar la Iglesia Católica Romana con la máxima autoridad en asuntos filosóficos, aunque no debemos olvidar que la Astronomía era un asunto menor dentro de la Filosofía.

    Diferentes astrónomos de la época (relacionados por supuesto con la Iglesia en mayor o menor medida), se habían percatado de incongruencias entre las observaciones y el modelo Ptoloméico, y a pesar del ostracismo oficial (recordemos que la obra en la que Nicolás Copérnico planteaba la teoría heliocéntrica, De revolutionibus orbium coelestium, no se llegó a publicar hasta su muerte) propusieron la superación de dicho modelo en favor del sistema heliocéntrico.

    En este contexto Galileo fue el primero que fue más allá del simple planteamiento de un modelo alternativo, y armado de un telescopio de su propia invención, aportó pruebas empíricas/observacionales que dejaban poco margen de duda sobre la teoría heliocéntrica, lo cual a la postre le llevaría ante el tribunal inquisitorial de Roma, acusado de herejía. Huelga recordar que el juicio fue eminentemente teológico no científico, y que su condena a arresto domiciliario de por vida, ni modificó su Fe, ni cambió un milímetro su posición científica (ni su producción, por cierto), ni detuvo la aceptación del nuevo paradigma por los astrónomos de la época.

    Herejes del Calentamiento Global

    En la actualidad la Ciencia oficial tiene una teoría que es apoyada por una buena parte de los centros oficiales/públicos (la analogía con la máxima autoridad es inmediata) que apunta a las emisiones humanas de gases de efecto invernadero como la principal causa de la mayor parte del calentamiento observado. La hipótesis central que transforma esta teoría en Alarmismo se basa en una estimación de la sensibilidad climática al CO2 (cambio de temperatura al doblar la cantidad de CO2) en un valor que oscila entre 2  y 4.5 ºC, algo que tendría, también hipotéticamente, unas consecuencias catastróficas para el ser humano de final de siglo.

    El problema viene cuando te das cuenta de que estamos ante unos presupuestos que no se han podido validar empíricamente, y que de momento no admiten la falsación (de hecho cada vez que los datos contradicen los dogmas oficiales son automáticamente considerados como prueba de que la hipótesis es correcta, con dos palitos y un tambor).

    La mayor parte de los fondos destinados al estudio del clima, que han crecido exponencialmente con el alarmismo, se dedican a financiar estudios que inciden en aquella hipótesis, y que no se desvían ni un milímetro del paradigma oficial. Esto implica necesariamente que todo científico que ose plantear nuevas hipótesis o criticar la posición del consenso, se verá avocado a luchar contra toda la maquinaria oficial, tendrá dificultades para publicar, y se tendrá que enfrentar con la guardia pretoriana del Alarmismo Climático.

    Así que… En el ámbito del debate climático, ¿dónde queda el Método Científico? ¿Quién promueve el consenso? ¿Qué científicos son atacados y condenados al ostracismo? Las preguntas creo que se contestan solas, y sus respuestas dejan negro sobre blanco la inmoralidad que supone darle la vuelta a la tortilla, para acusar de los propios pecados al contrincante.

    Y luego se preguntan que por qué la gente no les cree… mi opinión es que no les cree porque perciben claramente este tipo de maniobras, porque para ello no hace falta saber una palabra sobre Ciencia, basta con una pizca de sentido común y otra de ética elemental.

    Viñeta traducida del original en Cox&Forkum.

     
  • Eclectikus 20:49 on 02/06/2013 Permalink | Reply
    Tags: , , , Libros   

    Sobre Paul Dirac, “The Strangest Man”. 

    Aprovechando que acabo de publicar una crítica en goodreads, me voy a auto-plagiar para hacer hoy esta entrada dominical. Además añado por el mismo precio una fascinante conferencia del autor del libro, Graham Farmelo, hablando sobre su protagonista, Paul Dirac, y que es una buena introducción a esta biografía, y si me apuras, un espléndido sustituto para el que no quiera comerse más de 500 páginas en las que la Física es inevitable, pero quiera conocer las pinceladas fundamentales sobre la personalidad del que posiblemente sea el mayor genio de la Física Teórica del siglo XX (después y -probablemente- con permiso de Albert Einstein). Un tipejo esquivo, de conversación telegráfica, que se graduó en ingeniería y al que el desempleo le llevó primero a las matemáticas y luego a la Física Teórica fascinado por la Relatividad General y por la belleza intrínseca de las matemáticas y su deslumbrante coordinación con la Física; que no tardaría en convertirse en uno de los principales artífices de la formulación y desarrollo de la Mecánica Cuántica, y por tanto uno de los principales responsables de que el mundo sea hoy tal como lo conocemos.

    Paul Dirac

    Si alguien me preguntara cuál es el libro que mejor explica la gran aventura científica que significó el desarrollo de la Mecánica Cuántica, mi respuesta sería esta vez vez independiente del nivel de conocimientos técnicos del interlocutor:The Strangest Man. The Hidden life of Paul Dirac, Mystic of the Atom”, de Graham Farmelo.

    Y es que el lector que posea conocimientos avanzados en Física, no se verá defraudado por simplificaciones y errores de concepto; el autor, escritor y profesor de Física británico, conoce perfectamente la materia, y es capaz de reconstruir el complejo puzzle cuántico encajando de manera precisa, tanto conceptual como históricamente, todas y cada una de las piezas que conforman el edificio teórico y experimental de esta deslumbrante rama de la Física.

    Pero no es un libro de Física, no contiene ni fórmulas ni complejos desarrollos matemáticos. El lector profano encontrará por contra una apasionante biografía plagada de anécdotas, que profundiza en el taciturno carácter de este gran científico, mientras consigue además un relato perfectamente contextualizado del devenir político y social del siglo XX, y que describe de una manera didáctica y amena la que es posiblemente la mayor empresa intelectual de la Historia de la humanidad.

    Aparte del tono cursi que requiere una reseña literaria, creo que el contenido de ésta es fiel al espíritu del libro y por tanto se lo recomiendo por supuesto a cualquier persona interesada en la Física, pero también a cualquier interesado en la Filosofía, en la Epistemología e incluso a todos los interesados meramente por la Historia del siglo XX,  su sociedad, su evolución política, sus guerras, su Ciencia y en general en los vasos comunicantes de ésta última con todos los anteriores.

    Y este es el vídeo –está en inglés pero los subtítulos automáticos pueden echar un cable para seguir la conferencia. ¡Qué lo disfrutéis!

     
    • plazaeme 23:02 on 02/06/2013 Permalink | Reply

      Gracias, Elipticus. Muy buena conferencia. Pero yo no recomendaría los subtítulos automáticos esos. 😉

      • Eclectikus 23:08 on 02/06/2013 Permalink | Reply

        Son una mierda, por automáticos, pero pueden ayudar en algunos cachos.

        Y Dirac todo un personaje, inmerecidamente desconocido para la gente normal.

  • Eclectikus 00:19 on 15/09/2012 Permalink | Reply
    Tags: , Libros,   

    El optimismo de Popper. 

    El otro día pasé por la biblioteca municipal de mi barrio buscando documentación sobre un artículo que estoy escribiendo sobre Ciencia. Me pasé por la sección de Filosofía, como suelo hacer, y me tropecé con un librito de Popper que me está resultando muy interesante.

    (Hay otra edición más barata -y que por tanto me deja menor comisión-, que se puede obtener a partir de este enlace: Búsqueda sin término: Una autobiografia intelectual)

    No me lo he leído todavía, pero le he dado una buena vuelta en zigzag y creo que es una buena manera de adentrarse en la filosofía de Popper, de comprender como se fue moldeando su pensamiento a lo largo del convulso pero a la vez intelectualmente fructífero siglo XX: su infancia y la Primera Guerra Mundial, su fugaz paso por el socialismo y el comunismo en la posguerra vienesa -del que salio naturalmente horrorizado-, sus aportaciones al Círculo de Viena, su exilio en Nueva Zelanda durante la Segunda Guerra Mundial,  su estancia en la London School of Economics, sus debates (y controversias) con Einstein, Bohr,  Schrödinger, Bertrand Russell, Hayek, y otros grandes intelectuales del siglo XX.

    Una de las constantes de Popper, más allá de sus aportaciones a la Epistemología y a la Filosofía de la Ciencia, es su lucha intelectual contra todo tipo de totalitarismo, venga de donde venga, y vista el disfraz que vista. Y en este sentido, son muy remarcables los dos añadidos que el mismo Popper hace en 1986 y en 1992, tres años antes y tres años después de la caída del telón de acero. Resulta que, como sucede a menudo con los textos de los grandes pensadores, el mensaje que rezuma de estas breves acotaciones está hoy en plena vigencia, y que evitando el contexto histórico, podrían perfectamente haber sido escritas la semana pasada.

    Por ello me ha parecido oportuno repetir a Popper en la serie de Textos para Pensar, así que me he cogido el libro, he escaneado los post scríptum, los he pasado por un software OCR online, y voilà. ¡Qué lo disfruten!

    Apostillas extraídas de Búsqueda sin término. Una autobiografía intelectual de Karl R. Popper.

    Post Scríptum

    Cuando los editores me pidieron que escribiese un breve post scríptum para esta obra, se me planteó la cuestión de si continuaba pensando igual que cuando la escribí en 1969, y si, tal como dije entonces, seguía sintiéndome el filósofo más feliz que jamás hubiese conocido.

    Esta cuestión hace alusión a mi optimismo, a mi creencia en que estamos viviendo en un mundo maravilloso. Y esta creencia se ha fortalecido aún más desde entonces. Sé muy bien que hay mucha imperfección en nuestra sociedad occidental, pero sigo estando seguro de que es la mejor posible. Y una buena parte de su imperfección es achacable a la religión que la gobierna. Me refiero con esto a la creencia religiosa dominante de que el mundo social en que vivimos es una especie de infierno. Esta religión ha sido difundida por los intelectuales, especialnente los situados en el sector de la enseñanza y en el de los medios de comunicación. Hay una especie de competición entre el pesimismo y la fatalidad: cuanto más radical sea la condena de nuestra sociedad occidental, mayor parece ser la probabilidad de ser escuchado (y quizá la de desempeñar un papel importante en ella).

    Paralelamente a esta difusión de la idea, según la cual nuestras democracias liberales occidentales están condenadas, ha corrido la especie, compartida por muchos intelectuales, de que el marxismo es una ciencia, y que gracias al poder de la ciencia podemos «saber» que el credo marxista saldrá finalmente victorioso. La inevitabilidad de la victoria del comunismo implica que Occidente simplemente tendrá que rendirse en lugar de intentar —en vano, por supuesto- oponer su fuerza militar a la inexorable difusión del comunismo. En este caso, sería Occidente el único responsable de una eventual guerra atómica. De este modo, Occidente aparece como un terrible monstruo que amenaza al mundo en un insensato intento de impedir el advenimiento en la tierra del paraíso comunista.

    Los intelectuales son perfectamente progresistas; pero el progreso no es fácil de alcanzar, y el mero progresismo es peligroso porque puede conducir con facilidad a decisiones equivocadas. Al considerar el marxismo como programa progresista y comprobar que ha sido refutado, tanto en la teoría como en la práctica, los intelectuales se han radicalizado aún más, pues han descubierto que pueden seguir profesando su credo marxista si culpan de la falta de logros del marxismo a la resistencia que le han opuesto los estados «capitalistas» (es decir, no-marxistas). Por ejemplo, son muchos los que piensan que esta resistencia es lo que ha obligado a la Unión Soviética a gastar en armamento una parte tan sustancial de sus recursos.

    El sueño de una utopía marxista y del radicalismo utópico, y el odio a un Occidente no-marxista, han conducido a cosas tales como el apoyo a la violencia y a la afirmación de que la libertad, que en Occidente está ligada actualmente al industrialismo, es una forma encubierta de totalitarismo y, por lo tanto, peor que cualquier forma explícita del mismo.

    Ésta es la versión actual de una doctrina política característica de los comunistas occidentales con la que ya me encontré en 1919: la política de «cuanto peor, mejor» (para el comunismo).

    Creo que sólo hay una cosa que podemos aprender de los rusos: ellos dicen al pueblo que viven en la mejor sociedad que nunca haya existido.

    Todo el que esté en condiciones de comparar seriamente la vida en las democracias liberales occidentales con la existente en otras sociedades se verá obligado a reconocer que en Europa, en Norteamérica, en Australia y en Nueva Zelanda tenemos las mejores y más justas sociedades que desde siempre han existido en la historia de la humanidad. No sólo porque hay en ellas muy pocas personas que carezcan de alimentos o de hogar, sino porque ofrecen a los jóvenes infinitamente más oportunidades de elegir su propio futuro. Hay numerosas posibilidades para aquellos que desean aprender y para los que quieran disfrutar de su vida de diferentes formas. Pero quizá lo más importante sea el hecho de que estamos dispuestos a escuchar críticas justificadas y que nos agrada recibir propuestas razonables sobre cómo mejorar nuestra sociedad. Porque ésta no sólo se halla abierta a la reforma, sino que está deseosa de reformarse.

    A pesar de lo dicho, la propaganda del mito de que vivimos en un mundo odioso ha tenido éxito.

    ¡Abran los ojos y contemplen cuan bello es el mundo y qué afortunados somos los que vivimos en él!

    Mayo de 1986

    Post Scríptum al marxismo, 1992

    Mi editor me ha pedido que escriba un segundo epílogo para la nueva edición, puesto que el primero ha cumplido ya seis años. Me parece que quizá estoy viviendo demasiado tiempo.

    Ciertamente: mis familiares más próximos han muerto, lo mismo que mis amigos más íntimos e incluso algunos de mis mejores discípulos. Sin embargo no tengo motivos para quejarme. Me siento gratificado y feliz por seguir vivo y por poder continuar con mi trabajo, aunque sólo sea por eso. Mi trabajo es ahora lo más importante.

    Pero no debo hablar de mí mismo: cosas de la mayor importancia han ocurrido durante estos últimos años. La Unión Soviética entró en crisis y ha dejado de existir, sin que esto haya acarreado hasta ahora una gran catástrofe. Junto a los acontecimientos que desencadenaron la Primera Guerra Mundial, que casi destruye la civilización europea, ésta ha sido la secuencia de sucesos más importante en mi vida.

    El comunismo soviético se ha extinguido, y con él la mayor amenaza nuclear para la humanidad. Regocijémonos. Y esperemos que no retome esa amenaza en una nueva forma: hay muchas posibilidades. Desarmémonos y abandonemos la polarización de la izquierda y derecha, parte del legado del marxismo, consecuencia a su vez de la amenaza nuclear.

    Intentemos vivir en paz, y disfrutemos de nuestras responsabilidades.

    Kenley, febrero de 1992

     
    • plazaeme 07:25 on 15/09/2012 Permalink | Reply

      Para mi el problema es que veo tantos motivos para el optimismo de Popper, en 1992, como para el más deprimente pesimismo en 2012. Porque en 1992 todavía cabía la esperanza del triunfo de la tesis de Popper. Parecía tan lógico, tan de sentido común, que inevitablemente tendías a pensar que esa visión iría haciendo retroceder el oscurantismo fanatizante. Pero la cruda realidad parece indicar que está ocurriendo justo al revés.

      • Eclectikus 07:55 on 15/09/2012 Permalink | Reply

        Yo creo que el optimismo es un estado de ánimo puntual, y el pesimismo del que hablas y que yo comparto es también puntual. Pero las razones que apunta Popper se mantienen hoy, y pueden ser un antídoto para no profundizar mucho en la depresión social.

        Hace mucho que se vende la Filosofía y el pensamiento de Popper como algo superado, yo creo que no, y creo que se pueden extraer no pocos mensajes sobre como son y como deberían ser las cosas, y no solo en lo tocante al método científico.

  • Eclectikus 20:43 on 23/04/2012 Permalink | Reply
    Tags: , , , Libros,   

    Día del libro: desocupado lector… 

    Hoy está terminando el Día del Libro, se supone que en conmemoración del fallecimiento de  Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Así que para celebrarlo me he traído el prólogo de mi libro favorito, un libro que lleva más de 400 años de actualidad, y que ha puesto el techo muy alto a los hombres de letras del presente y del futuro, si es que quieren superar o tan siquiera igualar, el genio, la profundidad, el fino humor, el retrato de personajes y la trascendencia de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Desde luego si tuviera que llevarme un solo libro a una isla desierta, esta sería la primera y casi única opción.

    Prólogo

    Desocupado lector: Sin juramento me podrás creer, que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir la orden de naturaleza, que en ella cada cosa engendra su semejanza. Y así ¿qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo, y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno: bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento, y donde todo triste ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del espíritu son grande parte para que las Musas más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo, que le colmen de maravilla y de contento. Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas; antes las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos por agudezas y donaires. Pero yo que aunque parezco padre soy padrastro de D. Quijote, no quiero irme con la corriente del uso, ni suplicarte casi con las lágrimas en los ojos, como otros hacen, lector carísimo, que perdones o disimules las faltas que en este mi hijo vieres: y pues ni eres su pariente, su amigo y tienes tu alma en tu cuerpo, y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor de ella, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice, que debajo de mi manto al rey mato, todo lo cual te exenta y hace libre de todo respeto y obligación, y así puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal, ni te premien por el bien que dijeres de ella.

    Sólo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo ni de la innumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse. Porque te sé decir, que aunque me costó algún trabajo componerla, ninguno tuve por mayor que hacer esta prefación que vas leyendo. Muchas veces tomé la pluma para escribirla, y muchas la dejé por no saber lo que escribiría. Y estando una suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría, entró a deshora un amigo mío, gracioso y bien entendido, el cual, viéndome tan imaginativo, me preguntó la causa, y no encubriéndosela yo, le dije que pensaba en el prólogo que había de hacer a la historia de D. Quijote, y que me tenía de suerte que ni quería hacerle, ni menos sacar a luz las hazañas de tan noble caballero.

    – Porque ¿cómo no queréis vos que no me tenga confuso el que dirá el antiguo legislador, que llaman vulgo, cuando vea que al cabo de tantos años como ha que duerme en el silencio del olvido, salgo ahora con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de conceptos, y falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en las márgenes, y sin anotaciones en el fin del libro como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platon y de toda la caterva de filósofos, que admiran a los leyentes, y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes? Pues ¿qué, cuando citan la Divina Escritura?, no dirán sino que son unos Santos Tomases y otros doctores de la Iglesia, guardando en esto un decoro tan ingenioso, que en un renglón han pintado un enamorado distraído, y en otro hacen un sermonico cristiano, que es un contento y un regalo oirle o leerle! De todo esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo que acotar en el margen, ni que anotar en el fin, ni menos sé qué autores sigo en él, para ponerlos al principio como hacen todos, por las letras del abecé, comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoilo, o Zenxis, aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro. También ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos; aunque si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos, yo sé que me los darían, y tales que no les igualasen los de aquellos que tienen más nombre en nuestra España. En fin, señor y amigo mío, proseguí, yo determino que el señor Don Quijote se quede sepultado en sus archivos en la Mancha, hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas como le faltan, porque yo me hallo incapaz de remediarlas por mi insuficiencia y pocas letras, y porque naturalmente soy poltrón, y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos. De aquí nace la suspensión y elevamiento en que me hallasteis: bastante causa para ponerme en ella la que de mí habéis oído.

    Oyendo lo cual mi amigo, dándose una palmada en la frente, y disparando en una larga risa, me dijo:

    – Por Dios, hermano, que ahora me acabo de desengañar de un engaño en que he estado todo el mucho tiempo que ha que os conozco, en el cual siempre os he tenido por discreto y prudente en todas vuestras acciones; pero ahora veo que estáis tan lejos de serlo, como lo está el cielo de la tierra. ¿Cómo que es posible, que cosas de tan poco momento y tan fáciles de remediar, puedan tener fuerzas de suspender y absortar un ingenio tan maduro como el vuestro, y tan hecho a romper y atropellar por otras dificultades mayores? A la fe, esto no nace de falta de habilidad, sino de sobra de pereza y penuraia de discurso. ¿Queréis ver si es verdad lo que digo? Pues estadme atento, y veréis cómo en un abrir y cerrar de ojos confundo todas vuestras dificultades, y remedio todas las faltas que decís que os suspenden y acobardan para dejar de sacar a la luz del mundo la historia de vuestro famoso Don Quijote, luz y espejo de toda la caballería andante.

    – Decid -le repliqué yo, oyendo lo que me decía-, ¿de qué modo pensáis llenar el vacío de mi temor, y reducir a claridad el caos de mi confusión?

    A lo cual él dijo:

    – Lo primero en que reparáis de los sonetos, epigramas o elogios que os faltan para el principio, y que sean de personajes graves y de título, se puede remediar con que vos mismo toméis algún trabajo en hacerlos, y después los podéis bautizar y poner el nombre que quisiérais, ahijándolos al preste Juan de las Indias, o al emperador de Trapisonda, de quien yo sé que hay noticia que fueron famosos poetas… Y cuando no lo hayan sido, y hubiere algunos pedantes y bachilleres, que por detrás os muerdan y murmuren de esta verdad, no se os dé dos maravedís, porque ya que os averigüen la mentira, no os han de cortar la mano con la que lo escribísteis. En lo de citar en las márgenes los libros y autores de donde sacáreis las sentencias y dichos que pusiéreis en vuestra historia, no hay más sino hacer de manera que vengan a pelo algunas sentencias, o latines que vos sepáis de memoria, o a lo menos que os cueste poco trabajo el buscarlos, como será poner, tratando de libertad y cautiverio:

    Non bene pro toto libertas venditur auro.

    (La libertad no se vende bien ni por todo el oro del mundo)

    Y luego en el margen citar a Horacio, o a quien lo dijo. Si tratáredes del poder de la muerte, acudid luego con:

    Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas

    Regumque turres.

    (La pálida muerte vísita por igual las chozas de los probres y

    las torres de los reyes)

    Si de la amistad y amor de Dios manda que se tenga al enemigo, entraos luego al punto por la Escritura divina, que lo podéis hacer con tantico de curiosidad, y decir las palabras por lo menos del mismo Dios: “Ego autem dico vobis, diligite inimicos vestros”. Si tratáreis de malos pensamientos, acudid con el Evangelio: “De corde exeunt cogitationes malae”. Si de la instabilidad de los amigos, ahí está Catón, que os dará su dístico:

    Donec eris felix, multos numerabis amicos

    Tempora si fuerint nubila, solus eris

    (Mientras seas dichoso, contarás con muchos amigos,

    pero si los tiempos se nublan, estarás solo)

    Y con estos latinicos y otros tales os tendrán siquiera por gramático, que el serlo no es de poca honra y provecho el día de hoy. En lo que toca al poner anotaciones al fin del libro, segúramente lo podéis hacer de esta manera: Si nombráis algún gigante en vuestro libro, hacedle que sea el gigante Golías, y con sólo esto, que os costará casi nada, tenéis una grande anotación, pues podéis poner: El gigante Golías o Goliat fue un filisteo, a quien el pastor David mató de una gran pedrada en el valle de Terebinto, según se cuenta en el libro de los Reyes, en el capítulo que vos halláreis que se escribe. Tras esto, para mostraros hombre erudito en letras humanas y cosmógrafo, haced de modo como en vuestra historia se nombre el río Tajo, y vereisos luego con otra famosa anotación, poniendo: El río Tajo fue así dicho por un rey de las Españas; tiene su nacimiento en tal lugar, y muere en el mar Océano, besando los muros de la famosa ciudad de Lisboa, y es opinión que tiene las arenas de oro, etc. Si tratáreis de ladrones, yo os daré la historia de Caco, que la sé de coro. Si de mujeres rameras, ahí está el obispo de Mondoñedo que os prestará a Lamia, Laida y Flora, cuya anotación os dará gran crédito. Si de crueles, Ovidio os entregará a Medea. Si de encantadoras y hechiceras, Homero tiene Calipso, y Virgilio a Circe. Si de capitanes valerosos, el mismo Julio César os prestará a sí mismo en sus comentarios, y Plutarco os dará mil Alejandros. Si tratáreis de amores, con dos onzas que sepáis de la lengua toscana, toparéis con León Hebreo, que os hincha las medidas. Y si no queréis andaros por tierras extrañas, en vuestra casa tenéis a Fonseca del amor de Dios, donde se cifra todo lo que vos y el más ingenioso acertare a desear en tal materia. En resolución, no hay más sino que vos procuréis nombrar estos nombres, o tocar estas historias en las vuestras, que aquí he dicho, y dejadme a mí el cargo de poner las anotaciones y acotaciones, que yo os voto a tal de llenaros las márgenes de gastar cuatro pliegos en fin del libro. Vengamos ahora a la citación de los autores, que los otros libros tienen, que en el vuestro os faltan. El remedio que esto tiene es muy fácil, porque no habéis de hacer otra cosa que buscar un libro que los acote todos, desde la A hasta la Z, como vos decís. Pues ese mismo abecedario pondréis vos en vuestro libro; que puesto que a la clara se vea la mentira, por la poca necesidad que vos teníais de qprovecharos de ellos, no importa nada, y quizá alguno habrá tan simple, que crea que de todos os habéis aprovechado en la simple y sencilla historia vuestra. Y cuando no sirva de otra cosa, por lo menos servirá aquel largo catálogo de autores a dar de improviso autoridad al libro. Y más, que no habrá quien se ponga a averiguar si los seguísteis, o no los seguísteis, no yéndole nada en ello cuanto más que, si bien caigo en la cuenta, este vuestro libro no tiene necesidad de ninguna cosa de aquellas que vos decís que os falta, porque todo él es una invectiva contra los libros de caballerías, de quien nunca se acordó Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón: ni caen debajo de la cuenta de sus fabulosos disparates las puntualidades de la verdad, ni las observaciones de la astrología: ni lo son de importancia las medidas geométricas, ni la conutación de los argumentos de quien se sirve la retórica: ni tiene para qué predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo divino, que es un género de mezcla de quien no se ha de vestir ningún cristiano entendimiento. Sólo tiene que aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo, que cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que se escribiere. Y pues esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías, no hay para qué andéis mendigando sentencias de filósofos, consejos de la divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos, milagros de santos: sino procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo pintando en todo lo que alcanzáreis y fuere posible vuestra intención, dando a entender vuestros conceptos, sin intrincarlos y oscurecerlos. Procurad también que leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla. En efecto, llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundad de estos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más: que si esto alcanzáseis, no habríais alcanzado poco.

    Con silencio grande estuve escuchando lo que mi amigo me decía, y de tal manera se imprimieron en mí sus razones, que sin ponerlas en disputa las aprobé por buenas, y de ellas mismas quise hacer este prólogo, en el cual verás, lector suave, la discreción de mi amigo, la buena ventura mía en hallar en tiempo tan necesitado tal consejero, y el alivio tuyo en hallar tan sincera y tan sin revueltas la historia del famoso Don Quijote de la Mancha; de quien hay opinión por todos los habitadores del campo de Montiel, que fue el más casto enamorado, y el más valiente caballero que de muchos años a esta parte se vió en aquellos contornos. Yo no quiero encarecerte el servicio que te hago en darte a conocer tan notable y tan honrado caballero; pero quiero que me agradezcas el conocimiento que tendrás del famoso Sancho Panza, su escudero, en quien a mi parecer te doy cifradas todas las gracias escuderiles, que en la caterva de los libros vanos de caballerías están esparcidas. Y con esto, Dios te dé salud, y a mí no olvide. Vale.

    Don Quijote: Grabados por Gustavo Doré (I y II)

    De compras por Amazon:










     
    • viejecita 17:33 on 24/04/2012 Permalink | Reply

      ¡¡¡Gracias Ecléctikus!!!

      He intentado unas cuantas veces leer El Quijote, y sólo he conseguido leer la versión para niños que les obligaban a leer a mis hijos en el colegio.
      Hoy estoy reventada, y sólo me siento capaz de leer una novela policiaca o así ; ( tengo una de espías que pasa en Luxemburgo a medio terminar), pero prometo que mañana me leeré entero el prólogo que nos has traído.
      ¡Quien sabe! ¡Igual si lo leo descansada y sin prejuicios en contra, me guste tanto que acabe leyendo el libro…!

      • Eclectikus 17:59 on 24/04/2012 Permalink | Reply

        Qué conste que el gusto por el Quijote no es obligatorio, hay mucho snobismo también. Yo hace mucho que no me lo leo entero, pero siempre lo suelo tener a mano para releer pasajes sueltos y partirme el pecho.

        Eso si, elige una edición rica en notas y referencias porque si no se pierde mucha de su esencia. Yo uso la edición del IV Centenario (RAE), toda en un tomo, con prólogos de Vargas Llosa, Francisco Ayala y Martín de Riquer. También tiene varios ensayos sobre la Lengua del Quijote y un glosario de palabras especialmente difíciles de entender. Muy recomendable, no la puse en la entrada porque no la encontré en Amazon.

    • Sefuela 23:26 on 24/04/2012 Permalink | Reply

      Joerr, Ec, un poco duro para mí. Casi prefiero La Noria 😉 . Nunca conseguí leerlo, como ninguno de los libros que me mandaron en el cole. Los primeros libros que conseguí leer obligado fueron los que nos obligó el profersor Negro en la carrera. Menos mal que leía por mi cuenta.

      Siempre admiré a los pobres extranjeros que estudiaban español en la Escuela de Idiomas, porque en tercero (de 5 cursos) les obligaban a leer El Quijote.

c
compose new post
j
next post/next comment
k
previous post/previous comment
r
reply
e
edit
o
show/hide comments
t
go to top
l
go to login
h
show/hide help
shift + esc
cancel

Uso de cookies

NMSP utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
%d bloggers like this: