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  • Eclectikus 21:04 on 21/12/2016 Permalink | Reply
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    La tienda de los fantasmas de Chesterton. Feliz Navidad. 

    Feliz Navidad a todos amigos.

    La tienda de los fantasmas

    Casi todo lo mejor y más valioso del universo puede comprarse por medio penique. Exceptuando, por supuesto, el sol, la luna, las estrellas, la tierra, la gente, las tormentas y otras baratijas. Las tienes gratis. Además, dejo de lado otra cosa, que no puedo mencionar en este periódico, cuyo precio más bajo es la mitad de medio penique. Este principio general resultará enseguida evidente. En la calle detrás de mí, puedes montar en un tranvía eléctrico por medio penique. Subirte a un tranvía eléctrico es como subirte a un castillo volador en un cuento de hadas. Puedes hacerte con un buen puñado de chucherías de colores por la mitad de un penique. También tienes la oportunidad de leer este articulo por medio penique, junto con, por supuesto, otras cosas menos importantes.

    Pero si quiere descubrir la enorme cantidad de cosas asombrosas que puedes conseguir por medio penique, haz lo que yo hice anoche. Estampé la nariz contra el escaparate de una de las tiendas más pequeñas y peor iluminadas de uno de los callejones más estrechos y oscuros del barrio de Battersea. Pero por oscuro que fuese ese rectángulo de luz, resplandecía con todos los colores que Dios creó, utilizando la expresión que una vez escuché a un niño. Los juguetes de los pobres son todos como los niños que los compran. Sucios pero todos alegres. Por mi parte, prefiero la alegría a la limpieza. La primera es del alma y la segunda del cuerpo. Les ruego que me disculpen, es que soy demócrata. Sé que estoy trasnochado en el mundo actual.

    Mientras miraba aquel palacio de maravillas liliputienses, los pequeños autobuses verdes, los pequeños elefantes azules, los muñequitos negros y las pequeñas arcas de Noé rojas, debí caer en una especie de trance antinatural. El escaparate iluminado se transformó en el brillante escenario en que uno contempla una comedia muy entretenida. Me olvide de las casas grises y de la gente triste a mis espaldas como uno se olvida del público y las galerías oscuras en el teatro. Me parecía que los objetos detrás del cristal eran pequeños no por su tamaño, sino a causa de la distancia. El autobús verde era realmente un autobús verde. Un autobús verde del barrio de Bayswater, que estuviese recorriendo un enorme desierto, al hacer su ruta diaria hasta Bayswater. El elefante ya no era azul por la pintura sino por la distancia. El muñequito era realmente un hombre de raza negra recortándose contra el brillante follaje tropical de la tierra en que cada planta tiene un color ardiente y solo el ser humano es oscuro. El arca de Noé roja era en verdad la enorme nave de la salvación del mundo, flotando en un mar acrecentado por la lluvia, en el rojo primer amanecer de la esperanza.

    Creo que todos tenemos estos extraordinarios instantes de abstracción, estos brillantes momentos con la mente en blanco. En momentos semejantes, podemos mirar a la cara a nuestro mejor amigo y ver gafas y bigotes imaginarios. Por lo general están marcados por lo lento que se desarrollan y lo abrupto de su fin. El regreso a la actividad mental normal es a menudo tan repentino como tropezarse con alguien. A menudo, uno termina chocándose de verdad contra alguien, al menos en mi caso. Pero de todos modos, el despertar es claro y, por lo general, completo. Pues bien, en esta ocasión, aunque una ola de cordura me arrastró a la conciencia de que en realidad solamente estaba mirando una humilde y diminuta juguetería, de alguna extraña manera la curación no parecía ser definitiva. Algo que no podía controlar seguía diciéndome que me había adentrado en una atmósfera extraña, o que había hecho algo raro. Me sentía como si hubiese obrado un milagro o cometido un pecado. Era como si de alguna forma hubiese atravesado una frontera del alma.

    Para librarme de esta sensación onírica tan peligrosa, entré en la tienda e intenté comprar algunos soldaditos de madera. El dependiente era muy anciano y estaba muy deteriorado. Con medio rostro y toda la cabeza cubiertos de despeinado cabello cano. Un cabello tan increíblemente blanco que parecía artificial. Y aunque parecía senil y enfermo no se reflejaba sufrimiento en sus ojos. Era como si, poco a poco, se estuviese quedando dormido en una decadencia amable. Me dio los soldaditos de madera pero, cuando coloqué el dinero sobre el mostrador, aparentó no verlo en un primer momento. Parpadeó débilmente mirándolo y lo apartó débilmente.

    -No, no –dijo confuso – Nunca lo he hecho así. Nunca. Aquí somos muy anticuados.
    -No aceptar dinero me parece algo a la más rabiosa última moda más que anticuado.
    -Nunca lo he hecho así – contestó el anciano sonándose los mocos – Siempre he dado regalos y soy demasiado viejo para cambiar.
    -¡Por el amor de Dios! – dije – ¿Qué quiere decir? Está hablando como si fuese Papá Nöel.

    En el exterior, las farolas no podían estar encendidas. En cualquier caso, era imposible ver nada más allá del escaparate iluminado. No se escuchaban pasos ni voces por la calle. Parecía que me hubiese internado en un nuevo mundo en el que el sol no brillaba. Pero algo había soltado las amarras del sentido común y no podía sorprenderme más que de una manera somnolienta.

    -Pareces enfermo, Papá Nöel – Algo me impulsó a decir eso.
    -Estoy agonizando.

    Guardé silencio y fue él quien habló de nuevo.

    -Todos los nuevos se han marchado. No lo entiendo. Se meten conmigo por razones tan raras e incoherentes. Los científicos, todos los innovadores. Dicen que le doy a la gente supersticiones y les vuelvo demasiado ilusos, que les doy carnes horneadas y les hago demasiado materialistas. Dicen que mis partes celestiales son demasiado celestiales, que mis partes mundanas son demasiado mundanas. No sé lo que quieren, de eso si que estoy seguro. ¿Cómo puede algo celestial serlo demasiado? ¿Cómo puede algo mundano ser demasiado mundano? ¿Cómo se puede ser demasiado bueno o demasiado alegre? No lo entiendo. Pero hay algo que entiendo demasiado bien: esta gente moderna está viva y yo muerto.
    -Tú sabrás si estás muerto – repliqué – pero a lo que ellos hacen no lo llamo vivir.

    Un silencio cayó entre nosotros que, de alguna manera, esperé ver roto. No había durado unos segundos, cuando, en medio de la total tranquilidad, escuché unos pasos que, cada vez más rápidos, se acercaban por la calle. Al instante, una figura se lanzó al interior de la tienda y quedo enmarcada en el umbral. Vestía una chistera blanca, echada hacia atrás como con prisa, anticuados pantalones negros ceñidos, anticuados chaleco y chaqueta de colores brillantes y un fantástico abrigo viejo. Tenía los ojos, abiertos y brillantes, de un actor de carácter, una cara pálida y nerviosa y la barba muy recortada. Abarcó al anciano y su tienda en una mirada que fue de verdad como una explosión y lanzó la exclamación de un hombre por completo estupefacto.

    -¡Buen Dios! ¡No puedes ser tú! – gritó – Vine a preguntar dónde estaba tu tumba.
    -Aún no he fallecido, Sr. Dickens – contestó el anciano con su débil sonrisa – Pero me estoy muriendo – añadió como tranquilizándole
    -Pero a paseo con todo si no agonizaba en mis tiempos – dijo el Sr. Charles Dickens alegremente – Y no pareces ni un día más viejo.
    -Llevó así mucho tiempo – Dijo Papá Nöel.

    El Sr. Charles Dickens le dio la espalda y sacó la cabeza por la puerta, metiéndola en la oscuridad.

    -Dick – bramó a todo pulmón – sigue vivo.

    Otra sombra oscureció el umbral, entró un caballero mucho mayor y más fuerte que llevaba puesta una enorme peluca empolvada. Abanicaba su sofocado rostro con un sombrero militar correspondiente a la moda de la época de la reina Ana. Andaba erguido como un soldado y en su cara había una expresión arrogante que era repentinamente desmentida por sus ojos. Humildes como los de un perro. Su espada hacia mucho ruido, como si la tienda fuese demasiado pequeña para ella.

    -En verdad – dijo Sir Richard Steele – Es cuestión harto prodigiosa, pues este hombre se acercaba a su último aliento cuando escribí sobre Sir Roger de Coverley y su día de navidad.

    Mis sentidos se embotaban y el cuarto se oscurecía. Parecía repleto de recién llegados.

    -Se ha dado siempre por entendido – dijo un hombre gordo que ladeaba la cabeza en un gesto obstinado y humorístico (me parece que era Ben Johnson). Se ha dado siempre por entendido, cónsul Jacobo, bajo nuestro rey Jaime o bajo su difunta Majestad la reina, que costumbres tan buenas y saludables decaían. Y que era previsible su desaparición. Este anciano canoso no esta ahora menos robusto que cuando yo le eche el ojo.

    Y creo que también escuché a un hombre vestido con malla verde, como Robin Hood, decir en una mezcla de inglés y francés normando “ Pero sí lo vi agonizante.”

    -Llevo así mucho tiempo – Dijo Papá Nöel otra vez a su débil manera.

    El Sr. Charles Dickens de repente se le acercó y se inclinó delante de él.

    -¿Desde cuando? –preguntó – ¿Desde que naciste?
    -Sí- contestó el anciano y se dejó caer en su silla temblando – Siempre he agonizado.

    El Sr.Charles Dickens se quitó el sombrero haciendo una reverencia como la haría un hombre que llamase a la multitud a amotinarse.

    -Ahora lo entiendo – gritó – Nunca morirás.

    G.K. Chesterton (1874-1936)

    Nota

    Este cuento se encuentra traducido al español a lo largo y ancho de Internet, pero puedes leer la versión original en inglés por ejemplo en los servidores de De Montfort University: The Shop Of Ghosts, y también hay una edición ilustrada y en tapa dura en Amazon (.es, .com).

    Las imágenes vienen de Pinterest: la fotografía de ‘Old Fashion Christmas‘ y la animación navideña de aquí.

    Ya recurrí a Chesterton en esta entrada de 2012: Feliz Navidad. La Navidad según Chesterton.

    ¡Felices fiestas a todos!

    Ec.

     
  • Eclectikus 17:23 on 08/02/2016 Permalink | Reply
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    Reflexión de un cubano español. 

    Una amigo cubano que vive hace muchos años en Cataluña, publicó ayer unas reflexiones que me ha pedido que comparta, y yo lo hago encantado, una descripción de las impresiones que le produce el capitalismo a una persona que ha sufrido en sus carnes un régimen tan denostable como el Comunismo. Lean:

    CubaCalzadillaVictor Calzadilla

    El socialismo (eufemismo para comunismo) es feo. Una de sus características mas incisivas y lacerantes es la fealdad, en todo. Como las tiendas están vacías (culpa de los americanos, del bloqueo, de los oligarcas, en fin, de otro siempre) la gente acaba inventando esperpentos con que sustituir la necesidad natural del ser humano de poseer cosas de su agrado, así es como los cubanos metían la botella plástica de vinagre -vacía claro está- en una lata de agua hirviendo mientras otro la inflaba con la bomba de la bicicleta. El resultado era una esperpéntica polvera, o una mini-pecera, o un “jarrón” redondo. Con las paletas plásticas de los helados los cubanos hacían marcos para cuadros, cortinas… Con el papel sanitario (luego no había para limpiarse el culo) vestidos para muñecas… Con los condones, globos para cumpleaños… Con violeta-genciana, pintaban los merengues… Con benadrilina, paletas heladas de “fresa”… En fin, el festival de la miseria. Todos olíamos igual a “Gato Negro“, “Moscú Rojo“… A todos nos salían “golondrinos” en los sobacos con el desodorante de pasta o se nos quemaba la piel con el de tubo y el “jabón nácar“… Todos vestidos casi igual, calzados igual, oliendo a lo mismo…

    Hasta el año 79, cuando la dictadura decidió robarles a quienes había expulsado después de violarles sus mujeres y encarcelar a sus hombres, permitiéndoles volver a visitar a la familia que no veían desde el 60. Entonces comenzaron a aparecer las “patas de Orwell” que serían condenadas por adornarse con un lacito en el cuello, por “diversionismo ideológico“, una figura penal que me costó la prohibición de entrada a un examen de Matemáticas por llevar guaraches mexicanos y a otro de Historia, por ir con una camiseta llegada desde los EEUU.

    Creatividad es cuando teniendo recursos eres capaz de crear incluso con la basura. Lo de Cuba es supervivencia, que es distinto.

    El capitalismo es para mí una fiesta visual de la que 25 años después no me repongo. A veces descubro algún creador que me deja literalmente consternado con su obra que puede ser desde un cuadro, un coche, un vestido, un edificio, hasta un utensilio de esos que tan mariconilmente hoy todos llaman “gadget”. Ayer fue un día de esos.

    Este comentario venía acompañado de una curiosa colección de fotos que incluyo a continuación.

     
  • Eclectikus 21:52 on 17/06/2014 Permalink | Reply
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    Julián Marías y la guerra civil: ¿Cómo pudo ocurrir? 

    Se cumple hoy un siglo del nacimiento de Julián Marías, uno de los grandes pensadores que produjo el convulso siglo XX en éste país, y para celebrarlo me he traído un texto sobre la guerra civil extraído de uno de sus clásicos, Espana Inteligible (scribd.com), un ensayo filosófico que pretende decodificar las extrañezas de nuestro país situándolas en su contexto histórico.

    Julián Marías

    En el capítulo “El segundo naufragio: 1936”  (el primer naufragio lo sitúa en 1898 cuando “El «desastre nacional», la derrota ante los Estados Unidos, la pérdida de lo que quedaba de la vieja Monarquía en los dos hemisferios, dejó en estado de estupor a las minorías más sensibles y despiertas de España, pero en medio de una extraña indiferencia del conjunto del país“), recupera un extracto de otro ensayo suyo anterior, ¿Cómo pudo ocurrir?, que introduce con estas palabras: “En los días de la Semana Santa de 1980 escribí un ensayo titulado «¿Cómo pudo ocurrir?», con un gran esfuerzo de veracidad y de análisis intelectual, para comprender cómo se había llegado a la guerra civil y cuál fue su significación; no me siento capaz de mejorar esa visión del tremendo suceso, a la cual remito al lector; pero, como es inexcusable decir sobre él una palabra en este libro, permítaseme reproducir algunos párrafos de ese ensayo, los indispensables para que ese momento de la historia de España resulte inteligible“.

    Y por supuesto que se lo permitimos, ahí va (los resaltados y los enlaces son míos):

    Julián Marías. La Guerra Civil: ¿Cómo pudo ocurrir? (Amazon.es)A mediados de julio de 1936 se desencadenó en España una guerra civil que duró hasta el 1 de abril de 1939, cuyo espíritu y consecuencias habían de prolongarse durante muchos años más. Este es el gran suceso dramático de la historia de España en el siglo XX, cuya gravitación ha sido inmensa durante cuatro decenios, que no está enteramente liquidado… Nos vamos aproximando a saber qué pasó. Pero para mí persiste una interrogante que me atormentó desde el comienzo mismo de la guerra civil, cuando empecé a padecerla, recién cumplidos los veintidós años: ¿cómo pudo ocurrir? Que algo sea cierto no quiere decir que fuese verosímil…Mi primer comentario, cuando vi que se trataba de una guerra civil y no otra cosa —golpe de Estado, pronunciamiento, insurrección, etc.—, fue este:

    ¡Señor, qué exageración! Me parecía, y me ha parecido siempre, algo desmesurado en comparación con sus motivos, con lo que se ventilaba, con los beneficios que nadie podía esperar. En otras palabras, una anormalidad social, que había de resultar una anormalidad histórica. De ahí mi hostilidad primaria contra la guerra, mi evidencia de que ella era el primer enemigo, mucho más que cualquiera de los beligerantes; y entre ellos, naturalmente, me parecía más culpable el que la había decidido y desencadenado, el que en definitivo la había querido, aunque ello no eximiese enteramente de culpas al que la había estimulado y provocado, al que tal vez, en el fondo, la había deseado…

    Nada de esto hubiese sido suficiente para romper la concordia si hubiese existido en España entusiasmo, conciencia de una empresa atractiva, capaz de arrastrar como un viento a todos los españoles y unirlos a pesar de sus diferencias y rencillas…

    En una gran porción de España se engendra un estado de ánimo que podríamos definir como horror ante la pérdida de la imagen habitual de España: ruptura de la unidad (que se siente amenazada por regionalismos, nacionalismos y separatismos, sin distinción clara); pérdida de la condición de “país católico” —aunque el catolicismo de muchos que se horrorizaban fuese vacuo o deficiente—; perturbación violenta de los usos, incluso lingüísticos,del entramado que hace la vida familiar, inteligible, cómoda.

    Frente a este horror, el mito de la “revolución”, la imposición del esquema “proletario-burgués”, la intranquilidad, la amenaza, el anuncio de “desahucio” inminente —si vale la expresión— de todas las formas de vida, estilos o clases que no encajasen en el esquema convencional…

    La guerra fue consecuencia de una ingente frivolidadEsta me parece la palabra decisiva. Los políticos españoles, apenas sin excepción, la mayor parte de las figuras representativas de la Iglesia, un número crecidísimo de los que se consideraban “intelectuales” (y desde luego de los periodistas), la mayoría de los económicamente poderosos (banqueros,empresarios, grandes propietarios), los dirigentes de sindicatos, se dedicaron a jugar con las materias más graves, sin el menor sentido de responsabilidad, sin imaginar las consecuencias de lo que hacían u omitían…

    Y todo esto ocurría en un momento de increíble esplendor intelectual, en el cual se habían dado cita en España unas cuantas de las cabezas más claras, perspicaces y responsables de toda nuestra historia. Lo cual hace más grave el hecho escandaloso de que no fueran escuchadas, de que fueran deliberada, cínicamente desatendidas por los que tenían dotes intelectuales, y por tanto deberes en ese capítulo…

    Pero ¿puede decirse que estos políticos, estos partidos, estos votantes querían la guerra civil? Creo que no, que casi nadie español la quiso. Entonces ¿cómo fue posible? Lo grave es que muchos españoles quisieron lo que resultó ser una guerra civil. Quisieron: a) Dividir al país en dos bandos, b) Identificar al “otro” con el mal. c) No tenerlo en cuenta, ni siquiera como peligro real, como adversario eficaz, d) Eliminarlo, quitarlo de en medio (políticamente, físicamente si era necesario).

    Se dirá que esto era una locura. Efectivamente, lo era (y no faltaron los que se dieron cuenta entonces, y a pesar de mi mucha juventud, puedo contarme en su número). La locura puede tener causas orgánicas, puede ser efecto de una lesión; o bien psíquicas; pero también puede tener un origen biográfico, sin anormalidad fisiológica ni psíquica. Si trasladamos esto a la vida colectiva, encontramos la posibilidad de la locura colectiva o social, de la locura histórica.

    El proceso que se lleva a cabo entre los años 31 y 36 consiste en la escisión del cuerpo social mediante una tracción continuada, ejercida desde sus dos extremos… ¿Cómo se ejerció esa tracción? Mediante una forma de sofisma que consiste en la reiteración de algo que se da por supuesto… La única defensa de la sociedad ante este tipo de manipulaciones es responder con el viejo principio de la lógica escolástica: nego suppositum, niego el supuesto. Si se entra en la discusión, dejándose el supuesto a la espalda, dándolo por válido sin examen, se está perdido… Tengo la sospecha —la tuve desde entonces— de que los intelectuales responsables se desalentaron demasiado pronto. ¿Demasiado pronto —se dirá—, con todo lo que resistieron? Sí, porque siempre es demasiado pronto para ceder y abandonar el campo a los que no tienen razón…

    Larga serie de errores, el último y mayor de los cuales fue… la guerra. La verdad es que nadie contaba con ella. Los que la promovieron más directamente creían que se iba a reducir a un golpe de Estado, a una operación militar sencillísima, estimulada y apoyada por un núcleo político que serviría de puente entre el ejército victorioso y el país. Los que llevaban muchos meses de provocación y hostigamiento, los que habían incitado a los militares y a los partidos de derecha a sublevarse, tenían la esperanza de que ello fuese la gran ocasión esperada para acabar con la “democracia formal”, los escrúpulos jurídicos, la “república burguesa”, y lanzarse a la deseada revolución social (lo malo es que dentro de ese propósito latían dos distintas, que habían de desgarrarse mutuamente poco después).

    Todos sabemos que las cosas no sucedieron así. La sublevación fracasó; el intento de sofocarla, también. La prolongación de los dos fracasos, sin rectificación ni arrepentimiento, fue la guerra civil…

    Lejos de ser la guerra inevitable, su origen efectivo no fue la situación objetiva de España, sino su interpretación…Una vez estallada, una vez iniciada, desde fines de julio de 1936, España estuvo en estado de guerra… La guerra es un “estado”, algo en que se está. Se vive dentro de la guerra, en su ámbito… La guerra civil española estuvo animada por un violento, apasionado patriotismo, en ambos lados… Innumerables españoles sintieron que había que combatir para salvar a España; incluso los que pensaban que en todo caso caminaba hacia su perdición, creían que uno de los términos del dilema era preferible, que el otro era más destructor, o más injusto, o más irremediable o irreversible… No debe ocultarse la evidencia de que los españoles extrajeron de su fondo último una impresionante suma de energía, resistencia y entusiasmo…

    La historia del mes de marzo de 1939, nunca bien contada, de la cual soy quizá el último viviente que tenga conocimiento directo desde Madrid, es la clave de lo que la guerra fue en última instancia… Tal vez algún día intente presentar mis recuerdos y mis documentos de esas pocas semanas decisivas, que se pueden simbolizar en el nombre admirable de Julián Besteiro

    En la zona republicana, además del cansancio había una infinita desilusión… Los vencidos se sabían vencidos, y lo aceptaban en su mayoría con entereza, dignidad y resignación; muchos pensaban —o sentían confusamente— que habían merecido la derrota, aunque esto no significara que los otros hubiesen merecido la victoria. Los justamente vencidos; los injustamente vencedores. Esta fórmula, que enuncié muchos años después, que resume en seis palabras mi opinión final sobre la guerra civil, podría traducir, pienso, el sentimiento de los que habían sido beligerantes republicanos.

    Y añade tras este extracto de ¿Cómo pudo ocurrir? una palabras de esperanza que creo que no puedo dejar de incluir en la entrada:

    Estos fragmentos de mi ensayo condensan hasta el máximo mi manera de entender el segundo, y espero que último, naufragio de España en nuestro tiempo. Pero naufragio no significa definitivo hundimiento. Fluctuat nec mergitur, dice bajo una nave el escudo de la villa de París.

    En unos momentos en los que muchos ven no pocos factores similares entre aquellos y estos tiempos, en los que cuarenta años de propaganda inversa al franquismo nos han intentado convencer (con éxito incluso en ámbitos académicos) de que hubo un bando bueno (la izquierda) y uno malo (la derecha), con la correspondiente colección de clichés infumables hoy; da gusto leer opiniones de personas como Marías, que conseguía abstraerse de toda mochila ideológica, y hacer una descripción casi quirúrgica de la mayor herida de la España reciente… Claro que en los últimos treinta años han pasado muchas cosas, y muchas de ellas malas y enfocadas más a la apertura de esa herida que a su cauterización… Y en esas estamos hoy, en algunos sentidos mucho peor que cuando el filósofo vallisoletano destiló esas líneas durante la Semana Santa de 1980.

     
    • plazaeme 22:56 on 17/06/2014 Permalink | Reply

      Muy bien traído.

      Lo de los cuentos de buenos y malos me parece de cajón. Pero no suficiente. No siempre llegan a tanto. Normalmente, no.

      Claro que estamos mucho peor que en 1980. Y ganado a pulso. Igual solo somos una pandilla de fanáticos que se toman demasiado en serio. Y si ese es el caso, la desaparición es la mejor solución. Si encima es voluntaria y lograda con empeño, difícil protestar.

      • Eclectikus 23:05 on 17/06/2014 Permalink | Reply

        Lo que no deja de ser curioso es los nexos comunes entre generaciones, porque bien pensado… ¿qué demonios tienen que ver los jóvenes de hoy con los jóvenes de los años treinta…? ¿Será que hay algún tipo de gen que predestina nuestra historia y que nos diferencia a los españoles entre sí, y a los españoles con otros países? El caso es que da gusto leer a gente como Marías que son capaces de hacer un análisis estrictamente neutral de un asunto tan controvertido… Se nota que fue orteguiano (discípulo suyo de hecho).

  • Eclectikus 11:11 on 24/12/2012 Permalink | Reply
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    Feliz Navidad. La Navidad según Chesterton. 

    Lo primero en un día como hoy es felicitar a todos la Navidad, y desear que por una horas, 48, todos nos olvidemos de los problemas y disfrutemos en lo posible de una espléndida Nochebuena y de una aún mejor Navidad.

    Feliz Navidad 2012 NMSP

    Os dejo unas reflexiones de una de las mentes que mejor reflexiona, G. K. Chesterton. En concreto se trata de un texto extraído de La mujer y la familia. Ed. Styria (Argumentos). Como suele ocurrir con los grandes, la vigencia de sus escritos es perenne y siempre es posible sacar conclusiones de las enseñanzas que contienen, independientemente de tu filosofía de vida, visión política y concepción religiosa.

    Navidad

    La Navidad, que en el siglo XVII tuvo que ser rescatada de la tristeza, tiene que ser rescatada en el siglo XX de la frivolidad. La Navidad, como tantas otras creaciones cristianas y católicas, es una boda. Es la boda del más indómito espíritu de gozo humano con el más elevado espíritu de humildad y sentido místico. Y el paralelo de una boda es bien válido en más de una manera; porque este nuevo peligro que amenaza la Navidad es el mismo que hace tiempo ha vulgarizado y viciado las bodas. Es lógico que haya pompa y gozo popular en una boda; de ninguna manera estoy de acuerdo con los que querrían que fuera algo privado y personal, como la declaración de amor o el compromiso de matrimonio. Si una persona no está orgullosa de casarse, ¿de qué podrá enorgullecerse?, ¿y por qué se empeña entonces en casarse? Pero en casos normales todo este jolgorio que se organiza está subordinado al matrimonio porque existe “en honor” del matrimonio. Fueron a ese lugar a casarse, no a alegrarse; y se alegran porque se han casado. Sin embargo, en tantas bodas de famosos se pierden de vista por completo este serio objetivo y no queda nada más que la frivolidad. Porque la frivolidad es el intento de alegrarse sin nada sobre lo que alegrarse. El resultado es que al final hasta la frivolidad como frivolidad empieza a desvanecerse. Quienes empezaron a juntarse sólo por diversión acaban haciéndolo sólo porque está de moda; y no queda ni siquiera la más débil sugestión de regocijo, sino tan sólo de ruido y alboroto.

    De manera parecida, la gente está perdiendo la capacidad de disfrutar la Navidad porque la ha identificado con el regocijo. Una vez que han perdido de vista la antigua sugestión de que es por alguna cosa que ocurre, caen naturalmente en pausas en las que se preguntan con asombro si es que ocurre algo de verdad. Que se nos diga que nos alegremos el día de Navidad es razonable e inteligente, pero sólo si se entiende lo que el mismo nombre de la fiesta significa. Que se nos diga que nos alegremos el 25 de diciembre es como si alguien nos dice que nos alegremos a las once y cuarto de un jueves por la mañana. Uno no puede ser frívolo así, de repente, a no ser que crea que existe una razón seria para ser frívolo. Un hombre podría organizar una fiesta si hubiera heredado una fortuna; incluso podría hacer bromas sobre la fortuna. Pero no haría nada de eso si la fortuna fuera una broma. No sería tan bullicioso, le hubiera dejado puñados de billetes bancarios falsos o un talonario de cheques sin fondos. Por divertida que fuera la acción del testador, no sería durante mucho tiempo ocasión de festividades sociales y celebraciones de todo tipo. No se puede empezar ni siquiera una francachela por una herencia que es sólo ficticia. No se puede empezar una francachela para celebrar un milagro del que se sabe que no es más que un engaño de milagro. Al desechar el aspecto divino de la Navidad y exigir sólo el humano, se está pidiendo demasiado a la naturaleza humana. Se está pidiendo a los ciudadanos que iluminen la ciudad por una victoria que no ha tenido lugar.

    Hoy nuestra tarea consiste en rescatar la festividad de la frivolidad. Es la única manera de que vuelva a ser festiva. Los niños todavía entienden la fiesta de Navidad: algunas veces festejan con exceso en lo que se refiere a comer una tarta o un pavo, pero no hay nunca nada frívolo en su actitud hacia la tarta o el pavo. Y tampoco hay la más mínima frivolidad en su actitud con respecto al árbol de Navidad o a los Reyes Magos. Poseen el sentido serio y hasta solemne de la gran verdad: que la Navidad es un momento del año en el que pasan cosas de verdad, cosas que no pasan siempre. Pero aun en los niños esa sensatez se encuentra de alguna manera en guerra con la sociedad. La vívida magia de esa noche y de ese día está siendo asesinada por la vulgar veleidad de los otros trescientos sesenta y cuatro días.

    Gilbert Keith Chesterton

    Este texto se puede leer en un buen número de sitios en Internet. En este caso yo lo he sacado del blog Siguiendo a Chesterton (–>).

    ImagenSnow-covered winter landscape in Bavaria, Germany (© Fischer/Photolibrary) (–>)

     
    • viejecita 20:36 on 25/12/2012 Permalink | Reply

      ¡Feliz Navidad !
      ¡Cáspita ! ¡ Me parece que voy a tener que leer a Chesterton !

      • Eclectikus 20:55 on 25/12/2012 Permalink | Reply

        ¡Feliz Navidad Viejecita!

        Todo el Padre Brown es bien entretenido, muy recomendable.

      • Alf On 16:24 on 27/12/2012 Permalink | Reply

        feliz navidad
        lo de recuperar el sentido místico no se yo…muy agnosticos están los tiempos

        • Eclectikus 21:10 on 27/12/2012 Permalink

          Bonita foto de familia Alf 😀

        • Sefuela 03:01 on 30/12/2012 Permalink

          Alf. Yo creía que tu foto por Navidad era esta.

    • monet 20:46 on 27/12/2012 Permalink | Reply

      ¿Llego tarde para felicitar la navidad?, ¿le felicito por las fiestas entonces?

      Le leo, a veces, momento bonito este, en el que se dan a conocer los lectores, ehhh. Será la navidad.

      • Eclectikus 21:12 on 27/12/2012 Permalink | Reply

        Gracias monet.

        (pero procura usar direcciones de correo reales o puede que no pases el filtro)

        Salu2

        • monet 23:22 on 29/12/2012 Permalink

          Mi correo es real, habrá habido algún problema. Un saludo

    • monet 23:23 on 29/12/2012 Permalink | Reply

      Mi correo es real, habrá habido algún problema. Un saludo

  • Eclectikus 00:19 on 15/09/2012 Permalink | Reply
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    El optimismo de Popper. 

    El otro día pasé por la biblioteca municipal de mi barrio buscando documentación sobre un artículo que estoy escribiendo sobre Ciencia. Me pasé por la sección de Filosofía, como suelo hacer, y me tropecé con un librito de Popper que me está resultando muy interesante.

    (Hay otra edición más barata -y que por tanto me deja menor comisión-, que se puede obtener a partir de este enlace: Búsqueda sin término: Una autobiografia intelectual)

    No me lo he leído todavía, pero le he dado una buena vuelta en zigzag y creo que es una buena manera de adentrarse en la filosofía de Popper, de comprender como se fue moldeando su pensamiento a lo largo del convulso pero a la vez intelectualmente fructífero siglo XX: su infancia y la Primera Guerra Mundial, su fugaz paso por el socialismo y el comunismo en la posguerra vienesa -del que salio naturalmente horrorizado-, sus aportaciones al Círculo de Viena, su exilio en Nueva Zelanda durante la Segunda Guerra Mundial,  su estancia en la London School of Economics, sus debates (y controversias) con Einstein, Bohr,  Schrödinger, Bertrand Russell, Hayek, y otros grandes intelectuales del siglo XX.

    Una de las constantes de Popper, más allá de sus aportaciones a la Epistemología y a la Filosofía de la Ciencia, es su lucha intelectual contra todo tipo de totalitarismo, venga de donde venga, y vista el disfraz que vista. Y en este sentido, son muy remarcables los dos añadidos que el mismo Popper hace en 1986 y en 1992, tres años antes y tres años después de la caída del telón de acero. Resulta que, como sucede a menudo con los textos de los grandes pensadores, el mensaje que rezuma de estas breves acotaciones está hoy en plena vigencia, y que evitando el contexto histórico, podrían perfectamente haber sido escritas la semana pasada.

    Por ello me ha parecido oportuno repetir a Popper en la serie de Textos para Pensar, así que me he cogido el libro, he escaneado los post scríptum, los he pasado por un software OCR online, y voilà. ¡Qué lo disfruten!

    Apostillas extraídas de Búsqueda sin término. Una autobiografía intelectual de Karl R. Popper.

    Post Scríptum

    Cuando los editores me pidieron que escribiese un breve post scríptum para esta obra, se me planteó la cuestión de si continuaba pensando igual que cuando la escribí en 1969, y si, tal como dije entonces, seguía sintiéndome el filósofo más feliz que jamás hubiese conocido.

    Esta cuestión hace alusión a mi optimismo, a mi creencia en que estamos viviendo en un mundo maravilloso. Y esta creencia se ha fortalecido aún más desde entonces. Sé muy bien que hay mucha imperfección en nuestra sociedad occidental, pero sigo estando seguro de que es la mejor posible. Y una buena parte de su imperfección es achacable a la religión que la gobierna. Me refiero con esto a la creencia religiosa dominante de que el mundo social en que vivimos es una especie de infierno. Esta religión ha sido difundida por los intelectuales, especialnente los situados en el sector de la enseñanza y en el de los medios de comunicación. Hay una especie de competición entre el pesimismo y la fatalidad: cuanto más radical sea la condena de nuestra sociedad occidental, mayor parece ser la probabilidad de ser escuchado (y quizá la de desempeñar un papel importante en ella).

    Paralelamente a esta difusión de la idea, según la cual nuestras democracias liberales occidentales están condenadas, ha corrido la especie, compartida por muchos intelectuales, de que el marxismo es una ciencia, y que gracias al poder de la ciencia podemos «saber» que el credo marxista saldrá finalmente victorioso. La inevitabilidad de la victoria del comunismo implica que Occidente simplemente tendrá que rendirse en lugar de intentar —en vano, por supuesto- oponer su fuerza militar a la inexorable difusión del comunismo. En este caso, sería Occidente el único responsable de una eventual guerra atómica. De este modo, Occidente aparece como un terrible monstruo que amenaza al mundo en un insensato intento de impedir el advenimiento en la tierra del paraíso comunista.

    Los intelectuales son perfectamente progresistas; pero el progreso no es fácil de alcanzar, y el mero progresismo es peligroso porque puede conducir con facilidad a decisiones equivocadas. Al considerar el marxismo como programa progresista y comprobar que ha sido refutado, tanto en la teoría como en la práctica, los intelectuales se han radicalizado aún más, pues han descubierto que pueden seguir profesando su credo marxista si culpan de la falta de logros del marxismo a la resistencia que le han opuesto los estados «capitalistas» (es decir, no-marxistas). Por ejemplo, son muchos los que piensan que esta resistencia es lo que ha obligado a la Unión Soviética a gastar en armamento una parte tan sustancial de sus recursos.

    El sueño de una utopía marxista y del radicalismo utópico, y el odio a un Occidente no-marxista, han conducido a cosas tales como el apoyo a la violencia y a la afirmación de que la libertad, que en Occidente está ligada actualmente al industrialismo, es una forma encubierta de totalitarismo y, por lo tanto, peor que cualquier forma explícita del mismo.

    Ésta es la versión actual de una doctrina política característica de los comunistas occidentales con la que ya me encontré en 1919: la política de «cuanto peor, mejor» (para el comunismo).

    Creo que sólo hay una cosa que podemos aprender de los rusos: ellos dicen al pueblo que viven en la mejor sociedad que nunca haya existido.

    Todo el que esté en condiciones de comparar seriamente la vida en las democracias liberales occidentales con la existente en otras sociedades se verá obligado a reconocer que en Europa, en Norteamérica, en Australia y en Nueva Zelanda tenemos las mejores y más justas sociedades que desde siempre han existido en la historia de la humanidad. No sólo porque hay en ellas muy pocas personas que carezcan de alimentos o de hogar, sino porque ofrecen a los jóvenes infinitamente más oportunidades de elegir su propio futuro. Hay numerosas posibilidades para aquellos que desean aprender y para los que quieran disfrutar de su vida de diferentes formas. Pero quizá lo más importante sea el hecho de que estamos dispuestos a escuchar críticas justificadas y que nos agrada recibir propuestas razonables sobre cómo mejorar nuestra sociedad. Porque ésta no sólo se halla abierta a la reforma, sino que está deseosa de reformarse.

    A pesar de lo dicho, la propaganda del mito de que vivimos en un mundo odioso ha tenido éxito.

    ¡Abran los ojos y contemplen cuan bello es el mundo y qué afortunados somos los que vivimos en él!

    Mayo de 1986

    Post Scríptum al marxismo, 1992

    Mi editor me ha pedido que escriba un segundo epílogo para la nueva edición, puesto que el primero ha cumplido ya seis años. Me parece que quizá estoy viviendo demasiado tiempo.

    Ciertamente: mis familiares más próximos han muerto, lo mismo que mis amigos más íntimos e incluso algunos de mis mejores discípulos. Sin embargo no tengo motivos para quejarme. Me siento gratificado y feliz por seguir vivo y por poder continuar con mi trabajo, aunque sólo sea por eso. Mi trabajo es ahora lo más importante.

    Pero no debo hablar de mí mismo: cosas de la mayor importancia han ocurrido durante estos últimos años. La Unión Soviética entró en crisis y ha dejado de existir, sin que esto haya acarreado hasta ahora una gran catástrofe. Junto a los acontecimientos que desencadenaron la Primera Guerra Mundial, que casi destruye la civilización europea, ésta ha sido la secuencia de sucesos más importante en mi vida.

    El comunismo soviético se ha extinguido, y con él la mayor amenaza nuclear para la humanidad. Regocijémonos. Y esperemos que no retome esa amenaza en una nueva forma: hay muchas posibilidades. Desarmémonos y abandonemos la polarización de la izquierda y derecha, parte del legado del marxismo, consecuencia a su vez de la amenaza nuclear.

    Intentemos vivir en paz, y disfrutemos de nuestras responsabilidades.

    Kenley, febrero de 1992

     
    • plazaeme 07:25 on 15/09/2012 Permalink | Reply

      Para mi el problema es que veo tantos motivos para el optimismo de Popper, en 1992, como para el más deprimente pesimismo en 2012. Porque en 1992 todavía cabía la esperanza del triunfo de la tesis de Popper. Parecía tan lógico, tan de sentido común, que inevitablemente tendías a pensar que esa visión iría haciendo retroceder el oscurantismo fanatizante. Pero la cruda realidad parece indicar que está ocurriendo justo al revés.

      • Eclectikus 07:55 on 15/09/2012 Permalink | Reply

        Yo creo que el optimismo es un estado de ánimo puntual, y el pesimismo del que hablas y que yo comparto es también puntual. Pero las razones que apunta Popper se mantienen hoy, y pueden ser un antídoto para no profundizar mucho en la depresión social.

        Hace mucho que se vende la Filosofía y el pensamiento de Popper como algo superado, yo creo que no, y creo que se pueden extraer no pocos mensajes sobre como son y como deberían ser las cosas, y no solo en lo tocante al método científico.

  • Eclectikus 21:19 on 22/08/2012 Permalink | Reply
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    Tolerancia y responsabilidad intelectual por Karl Popper. 

    El otro día tropecé con una conferencia de Karl Popper que me ha parecido interesante reproducir aquí por varias causas. La primera de ellas porque me parece magistral por su balance de simplicidad y profundidad en los temas que toca, siendo además estos bastante transversales.

    Segundo, porque toca varios temas de Filosofía de la Ciencia, que me parecen fundamentales en estos tiempos en que algunos están empeñados en volver a la Edad Media, a fuerza de argumentos falaces, mala Ciencia e Inquisición para con el discrepante. Si, me refiero específicamente al Cambio Climático (Antropogénico-Alarmista) y al ecologismo de salón. De hecho la foto de Popper que encabeza el artículo, la he robado de un interesante (aunque tibio) artículo: Karl Popper and Antartic Ice (The Climate Debate and Its Problems By Peter Borah, Class of 2012. The Core, College Magazine of the University of Chicago).

    Y tercero porque una buena amiga ha abierto un grupo en Facebook (Conociendo a Popper) para hablar sobre estos temas, y creo que esta conferencia puede ser un buen punto de partida para situar el pensamiento de este gran filósofo del siglo XX, uno de los intelectuales clave del pensamiento liberal que tanto nos atrae a muchos exiliados de la izquierda (y supongo que de la derecha) dogmática y cerril.

    El artículo se puede encontrar fácilmente en la red, en concreto yo lo he sacado de aquí (creo que es mejor la traducción), aunque he usado la división por capítulos que viene en esta otra versión. He copiado y editado el texto, dándole formato para facilitar su lectura -incluyendo algún que otro énfasis que quería resaltar, añadiendo los enlaces que he considerado más oportunos, e incluyendo alguna que otra foto para que no asuste tanto la extensión del artículo, aunque ciertamente creo que se lee prácticamente solo.

    ¡Qué lo disfrutéis!

     

    La ponencia Tolerancia y Responsabilidad Intelectual fue pronunciada el 26 de mayo de 1981 en la Universidad de Tubinga y repetida el 16 de marzo de 1982 en el Ciclo de Conversaciones sobre la Tolerancia en la Universidad de Viena. El texto presente responde al pronunciado en esta última Universidad

    Tolerancia y responsabilidad intelectual

    (Robado de Jenófanes y de Voltaire)

    Karl Popper

    Mi conferencia de Tubinga, que hoy debo repetir aquí, se dedicó al tema Tolerancia y responsabilidad intelectual. Estuvo dedicada a recordar a Leopold Lucas, a un sabio, a un historiador, a un hombre que en su tolerancia y humanidad fue víctima de la intolerancia y la inhumanidad.

    En diciembre de 1942, a los setenta años, Leopold Lucas fue llevado con su mujer al campo de concentración de Theresienstadt, donde ejerció como padre espiritual: una inmensa y difícil tarea. Allí murió al cabo de diez meses. Su mujer, Dora Lucas, aún permaneció en Theresienstadt trece meses más tras la muerte de su marido, y pudo trabajar como enfermera. En octubre de 1944 fue deportada a Polonia junto con otros 18,000 presos. Allí fueron asesinados.

    Fue un terrible destino. Y fue el destino de innumerables personas; de personalidades; de personas que quisieron a otras personas, que intentaron ayudar a otras personas; que fueron queridas por otras personas y a las cuales intentaron ayudar otras personas. Eran familias que quedaron destrozadas, destruidas, aniquiladas.

    No es mi intención hablar aquí sobre estos espantosos sucesos. Lo que siempre se puede decir -o, incluso sólo pensar- sobre ellos, acontece como un intento de paliar estos terribles hechos.

    I: Los Vicios Humanos

    Pero el horror continúa. Los refugiados de Vietnam, las víctimas de Pol Pol en Camboya, las víctimas de la revolución en Irán, los refugiados de Afganistán: personas, niños, mujeres y hombres vuelven siempre a ser víctimas de fanáticos ebrios de poder.

    ¿Qué podemos hacer para impedir estos indescriptibles sucesos? ¿Podemos nosotros, en general hacer algo? Mi respuesta a estas preguntas es: Sí, creo que nosotros podemos hacer mucho. Cuando digo “nosotros” pienso en los intelectuales; por tanto, en personas que se interesan por las ideas; por tanto, especialmente, en aquellos que leen y que quizá también escriben.

    ¿Por qué pienso que nosotros los intelectuales podemos ayudar? Sencillamente por esto: porque nosotros, los intelectuales, desde hace milenios hemos ocasionado los más horribles daños. La matanza en nombre de una idea, de un precepto, de una teoría: ésta es nuestra obra, nuestro descubrimiento, el descubrimiento de los intelectuales. Si dejáramos de incitar a las personas unas contra otras -a menudo con las mejores intenciones-, sólo con eso se ganaría mucho. Nadie puede decir que ello nos sea imposible.

    El más importante de los Diez Mandamientos dice: ¡No matarás! Encierra casi toda la ética. La ética -tal como la formula, por ejemplo, Schopenhauer– es sólo una ampliación de este importantísimo mandamiento. La ética de Schopenhauer es sencilla, directa, clara. Dice:

    No perjudiques a nadie, sino que ayuda a todos lo mejor que puedas.

    Pero, ¿qué sucedió cuando Moisés bajó por primera vez desde el monte Sinaí con las Tablas de la Ley? Encontró una herejía mortal, la herejía del becerro de oro. Entonces olvidó el mandamiento ¡No matarás! y gritó (cito la traducción de Lutero, algo abreviada):

    Conmigo el que al Señor pertenece…, y cayeron en el día tres mil hombres del pueblo.

    Esto fue, quizá, el principio. Pero es seguro que continuó, y especialmente después de que el Cristianismo se convirtiera en religión del Estado. Es una terrible historia de persecuciones religiosas, persecuciones en defensa de la ortodoxia. Más tarde -sobre todo en los siglos XVII y XVIII- vinieron, para colmo, otros fundamentos ideológicos a justificar la persecución, la crueldad y el terror: nacionalidad, raza, ortodoxias políticas, otras religiones.

    En la idea de ortodoxia y en la de herejía están ocultos los vicios más mezquinos; aquellos vicios a los que los intelectuales son especialmente propensos: arrogancia, ergotismo, pedantería, presunción intelectual. Estos son vicios mezquinos, no grandes vicios como la crueldad.

    II. ¿Qué es la Tolerancia?

    El título de mi conferencia, Tolerancia y responsabilidad intelectual, alude a un argumento de Voltaire, padre de la Ilustración; un argumento para la tolerancia.

    Voltaire pregunta: ¿Qué es la tolerancia? Y responde: Tolerancia es la consecuencia necesaria de la comprensión de que somos personas falibles: equivocarse es humano, y todos nosotros cometemos continuos errores. Por tanto, dejémosnos perdonar unos a otros nuestras necedades. Esta es la ley fundamental del derecho natural.

    Voltaire apela aquí a nuestra honradez intelectual: debemos reconocer nuestros errores, nuestra falibilidad, nuestra ignorancia. Voltaire sabe bien que hay fanáticos completamente convencidos. Pero, ¿es su convicción real y totalmente honrada? ¿Se han demostrado a sí mismos sus convicciones y sus razones? ¿Y no es la introspección crítica una parte de toda honradez intelectual? ¿No es a menudo el fanatismo un intento de encubrir nuestras propias e inconfesadas incredulidades, las cuales hemos reprimido y de las que, por eso, sólo nos damos cuenta a medias?

    La apelación de Voltaire a nuestra modestia intelectual, y sobre todo a su apelación a nuestra honradez intelectual, causó en su tiempo una gran impresión a los intelectuales. Yo quisiera reiterar aquí su llamada.

    Voltaire basa su tolerancia en que debemos perdonarnos unos a otros nuestras tonterías. Pero una tontería muy frecuente, la de la intolerancia, Voltaire la encuentra, con razón, difícil de tolerar. En efecto, aquí tiene la tolerancia su límite. Si admitimos la pretensión nomológica de la intolerancia a ser tolerada, entonces destruimos la tolerancia y el Estado de Derecho. Este fue el sino de la República de Weimar.

    Pero hay, además de la intolerancia, otras necesidades que no debemos tolerar; sobre todo esa necedad que induce a los intelectuales a ir con la última moda. Una necedad que a muchos ha inducido a escribir en un oscuro y pretencioso estilo; en aquel enigmático estilo que Goethe en Hexeneinmaleins y otros lugares del Fausto critica tan demoledoramente. Este estilo, el estilo de grandes, oscuras pretenciosas e incomprensibles palabras, ese modo de escribir no debería admirarse más, incluso nunca más debería ser tolerado por los intelectuales. Es intelectualmente irresponsable. Destruye el sano entendimiento humano, la razón. Hace posible esa postura que se ha designado como relativismo. Esta postura conduce a la tesis de que todas las tesis intelectuales son más o menos justificables. Todo está permitido. Por eso la tesis del relativismo frecuentemente conduce a la anarquía, a la ausencia de legalidad, y, así, al dominio de la fuerza.

    Mi tema, tolerancia y responsabilidad intelectual, me ha conducido, por tanto, a la cuestión del relativismo.

    Desearía contraponer aquí al relativismo una postura que casi siempre se confunde con él, pero que es radicalmente distinta de éste. He denominado a menudo a esta posición como pluralismo; pero ello precisamente ha conducido a esos malentendidos. Por eso quiero caracterizarlo aquí como un pluralismo crítico.

    Mientras que el relativismo, que procede de la tolerancia laxa, conduce al dominio de la fuerza, el pluralismo crítico puede contribuir a la domesticación de la misma. La idea de verdad es de una significación decisiva para la contraposición entre el relativismo y el pluralismo crítico.

    El relativismo es la postura según la cual se puede aseverar todo, o casi todo, y por tanto nada. Todo es verdad, o nada. La verdad es algo sin significado. El pluralismo crítico es la postura según la cual, en interés de la búsqueda de la verdad, toda teoría -cuantas más teorías mejor- debe admitirse en competencia con otras teorías. Esta competencia consiste en la discusión racional de la teoría y su eliminación crítica. La discusión es racional, y esto significa que se trata de la verdad de las teorías competidoras: la teoría que, en la discusión crítica, parezca acercarse más a la verdad es la mejor; y la mejor teoría elimina a las teorías peores. Se trata, pues, de la verdad.

    III. Jenófanes y la Laboriosa Búsqueda de la Verdad

    La idea de verdad objetiva y la idea de la búsqueda de la verdad son aquí de una importancia decisiva.

    (Clic para visitar artículo en Biografías y Vidas)

    El primer hombre que desarrolló una teoría de la verdad, el que enlazó la idea de verdad objetiva con la idea de nuestra esencial falibilidad humana, fue el presocrático Jenófanes. Probablemente nació el 571 a C. en Jonia, Asia Menor. Fue el primer griego que escribió crítica literaria, el primer ético, el primer crítico del conocimiento y el primer monoteísta especulativo.

    Jenófanes fue el fundador de una tradición, de una corriente de pensamiento a la que pertenecen, entre otros, Sócrates, Montaigne, Erasmo, Voltaire y Lessing.

    Esta tradición se designó a menudo como escuela escéptica. Pero tal designación puede conducir fácilmente a malentendidos. El diccionario alemán de uso explica escepticismo como duda, incredulidad, y escéptico como persona descreída; éste es evidentemente el significado alemán de la palabra, y sobre todo el significado moderno. Pero el verbo griego, del cual deriva el grupo etimológico alemán (lo escéptico, el escéptico, escepticismo), no significa originariamente dudar, sino examinar, comprobar, reflexionar, inspeccionar, buscar, investigar.

    Entre los escépticos, en el sentido originario de la palabra, seguro que se han dado también muchas personas dubitativas y quizá también descreídas, pero la fatal equiparación de las palabras escepticismo y duda fue probablemente una jugarreta de la escuela estoica, que quiso caricaturizar a sus competidores. En todo caso, los escépticos Jenófanes, Sócrates, Erasmo, Montaigne, Locke, Voltaire y Lessing, todos ellos fueron teístas o deístas. Lo que tienen en común todos los miembros de esta tradición escéptica -incluidos Nicolás de Cusa-, y lo que tengo también yo en común con esa tradición, es que nosotros subrayamos nuestra ignorancia humana. De ahí extraemos importantes consecuencias éticas: tolerancia, pero ninguna concesión a la intolerancia, a la violencia y a la crueldad.

    Jenófanes era rapsoda de profesión. Discípulo de Homero y Hesiodo, criticó a ambos. Su crítica era ética y pedagógica. Se manifestó en contra de que los dioses robaran, mintieran, cometieran adulterio, como Homero y Hesiodo contaban. Ello le llevó a someter a crítica la mitología homérica. El resultado más importante de la crítica fue el descubrimiento de lo que hoy designamos como antropomorfismo: el descubrimiento de que las historias griegas de los dioses no deben tomarse en serio, porque representan a los dioses como humanos.

    Quizá podría citar aquí algunos de los argumentos en verso de Jenófanes, en mi casi literal traducción:

    Chatos, negros: así ven los etíopes a sus dioses.

    De ojos azules y rubios: así ven a sus dioses los tracios.

    Pero si los bueyes y caballos y leones tuvieran manos,

    manos como las personas, para dibujar, para pintar, para crear una obra de arte,

    entonces los caballos pintarían a los dioses semejantes a los caballos, los bueyes

    semejantes a bueyes, y a partir de sus figuras crearían

    las formas de los cuerpos divinos según su propia imagen: cada uno según la suya

    Así expone Jenófanes su problema: ¿Cómo debemos imaginar a los dioses después de esta crítica al antropomorfismo? Tenemos cuatro fragmentos que contienen una parte importante de su respuesta. La respuesta es monoteísta, a pesar de que Jenófanes, en la formulación de su monoteísmo, recurre, a semejanza de Lutero en su traducción del primer mandamiento, a dioses en plural.

    Jenófanes escribe:

    Solamente un dios es el supremo, único entre dioses y hombres,

    ni en figura ni en pensamiento semejante a los mortales.

    Permanece siempre en el mismo lugar, sin movimiento,

    y no le conviene emigrar de un lado a otro.

    Sin esfuerzo hace vibrar Al Todo, sólo por medio de su saber y querer.

    Todo él es ver, todo pensar y planear; y todo él es escuchar.

    Estos son los fragmentos que nos informan sobre la teología especulativa de Jenófanes.

    Está claro que esta teoría completamente nueva fue para Jenófanes la solución a un difícil problema. De hecho, le viene como solución al mayor de todos los problemas, el problema del mundo. Nadie que sepa algo sobre psicología del conocimiento puede dudar de que esta nueva perspectiva de su creador debe aparecer como un descubrimiento.

    Aunque dijo, clara y sinceramente, que su teoría no era más que una conjetura. Esto era un triunfo autocrítico sin igual, un triunfo de su honradez intelectual y de su modestia.

    Jenófanes generalizó esta autocrítica de un modo sumamente característico en él: tenía claro que lo que había encontrado sobre su propia teoría (que a pesar de su intuitiva fuerza de convicción no era más que una conjetura) debía valer para todas las teorías humanas: todo no es más que conjetura.

    Me parece descubrir que no fue demasiado fácil para él ver a su propia teoría como conjetura.

    Jenófanes formula esta teoría crítica del conocimiento en cuatro bellos versos:

    La verdad segura sobre los dioses y sobre todas las cosas de las que hablo

    no la conoce ningún humano y ninguno la conocerá.

    Incluso aunque alguien anunciara alguna vez la verdad más acabada,

    él mismo no podría saberlo: todo está entreverado de conjetura

    Estos cuatro versos encierran más que una teoría de la inseguridad del conocer humano. Encierran una teoría de la verdad objetiva. Pues Jenófanes enseña aquí que lo que digo puede ser verdadero sin que yo o nadie sepa que es verdadero. Pero esto significa que la verdad es objetiva: la verdad es la correspondencia de lo que digo con los hechos, aunque yo sepa o no que la correspondencia existe.

    Además de esto, estos cuatro versos encierran todavía otra teoría muy importante. Encierran una alusión a la diferencia entre la verdad objetiva y la seguridad subjetiva del saber. Pues los cuatro versos dicen que incluso si anunciara la verdad más acabada, no lo podría saber con seguridad. Puesto que no hay un criterio infalible de verdad, no podremos nunca, o casi nunca, estar completamente seguros de que no nos hemos equivocado.

    Pero Jenófanes no era un teórico pesimista del conocimiento, era un investigador, y en el curso de su larga vida consiguió mejorar críticamente varias de sus conjeturas, sobre todo sus teorías científico-naturales. Él lo expresó como sigue:

    “Desde el principio los dioses no revelaron todo a los mortales,

    pero éstos, buscando, en el curso del tiempo encuentran lo mejor.”

    Jenófanes aclara también lo que entiende aquí por lo mejor: piensa en la aproximación a la verdad objetiva, la cercanía a la verdad, la similitud con la verdad. Pues dice de una de sus conjeturas: Esta conjetura es, así lo parece, realmente semejante a la verdad.

    Es posible que en este fragmento las palabras esta conjetura aludan a la teoría monoteísta de la divinidad de Jenófanes.

    La teoría de Jenófanes del conocimiento humano encierra, pues, los siguientes puntos:

    1. Nuestro saber consta de enunciados.

    2. Los enunciados son verdaderos o falsos.

    3. La verdad es objetiva. Es la correspondencia del contenido de los enunciados con los hechos.

    4. Incluso si expresamos la verdad más acabada, no podemos saberlo, esto es, no podemos saberlo con certeza.

    5. Así pues, saber, en el pleno sentido de la palabra es saber seguro; por tanto, no hay ningún saber, sino sólo saber conjetural: Todo está entreverado de conjetura.

    6. Pero en nuestro saber conjetural hay un progreso hacia lo mejor.

    7. El mejor conocimiento es una mejor aproximación a la verdad.

    8. Pero el conocimiento conjetural permanece siempre, entreverado de conjetura.

    Para una total comprensión de la teoría de la verdad en Jenófanes es especialmente importante acentuar el que éste distingue claramente la verdad objetiva de la seguridad subjetiva. La verdad objetiva es la correspondencia de un enunciado con los hechos, lo sepamos ahora lo sepamos seguro- o no. La verdad no debería, pues, confundirse con la seguridad, o con el saber seguro. Quien sabe algo seguro, conoce la verdad. Pero a menudo sucede que cualquiera conjetura algo sin saberlo seguro, y sin saber que su conjetura es, en efecto, verdadera. Jenófanes manifiesta de manera totalmente acertada que hay muchas verdades -e importantes verdades- que nadie sabe con seguridad; sí, que nadie puede saber, a pesar de que son conjeturadas por muchos. Y, más aún, manifiesta que hay verdades que ni siquiera nadie conjetura.

    De hecho, en cada lengua, en la que podemos hablar sobre la infinidad de números naturales, hay infinidad de frases claras y unívocas. Cada una de estas frases es o verdadera o, si es falsa, su negación es verdadera. Hay, pues, infinidad de verdades. Y de ahí se deduce que hay infinidad de verdades que nunca podremos saber: hay infinidad de verdades incognoscibles para nosotros.

    Incluso actualmente hay muchos filósofos que piensan que la verdad sólo puede ser significativa para nosotros cuando la poseemos; por tanto, cuando la sabemos con seguridad. Pero precisamente el saber en torno al hecho de que hay saber conjetural es de la mayor significación. Hay verdades a las que sólo con una esforzada búsqueda podemos acercarnos. Nuestro camino discurre casi siempre a través del error; y sin verdad no puede darse ningún error (y sin error no hay falibilidad).

    IV. Porqué es Mejor Padecer la Injusticia que Cometerla

    Algunos de los puntos de vista que he expresado ahora los tenía ya bastante claros antes de haber leído los fragmentos de Jenófanes. En caso contrario, quizá no los hubiera comprendido. Que precisamente nuestro saber se entreteje de conjeturas y es inseguro, se me aclaró gracias a Einstein. Pues él mostró que la teoría de la gravitación de Newton, es un saber conjetural, lo mismo que la propia teoría de la gravitación de Einstein; y, lo mismo que aquella, ésta parece ser sólo una aproximación a la verdad.

    No creo que se me hubiera aclarado el significado del saber conjetural sin Newton ni Einstein; y por eso me pregunto cómo ya Jenófanes, 2,500 años antes, pudo aclararlo. Quizá lo siguiente sea la respuesta a esta cuestión:

    Originariamente Jenófanes creía en la imagen del mundo de Homero, así como yo creía en la imagen del mundo de Newton. Esta creencia se quebró tanto en él como en mí: en él, por su propia crítica a Homero; en mí, por la crítica de Einstein a Newton. Tanto Jenófanes como Einstein reemplazaron la imagen criticada del mundo por una nueva; y ambos eran conscientes de que su nueva visión del mundo era sólo una conjetura.

    El punto de vista de que Jenófanes anticipó 2,500 años antes mi teoría del saber conjetural me enseñó a ser modesto. Pero también la idea de la modestia intelectual fue anticipada hace casi el mismo tiempo. Esta procede de Sócrates.

    Sócrates fue el segundo y muy influyente fundador de la tradición escéptica. Él enseñó que sólo es sabio el que sabe que no lo es.

    Sócrates y Demócrito, más o menos contemporáneo suyo, hicieron, independientemente uno de otro, el mismo descubrimiento ético: ambos dijeron casi con las mismas palabras:

    Sufrir injusticia es mejor que hacer injusticia.

    Se puede decir ciertamente que esta perspectiva -en cualquier caso junto con la perspectiva acerca de lo poco que sabemos- conduce a la tolerancia, como más tarde enseñó Voltaire.

    V. ¿Es Sensato Reconocer que se es Ignorante?

    Voy ahora al significado actual de esta filosofía autocrítica del conocimiento.

    En primer lugar hay aquí la siguiente objeción a tratar. Es cierto, se ha dicho, que Jenófanes, Demócrito y Sócrates nada sabían; era de hecho sabiduría el que reconocieran su propia ignorancia, y quizá aún mayor sabiduría era que admitieran la actitud de buscadores. Nosotros -o más exactamente nuestros científicos naturales- somos todavía buscadores, investigadores. Pero hoy los científicos naturales no sólo buscan, sino que también encuentran. Y saben muchas cosas; tantas que la sola cantidad de nuestro saber científico-natural se ha convertido en problema. ¿Podemos, pues, hoy todavía construir seriamente nuestra filosofía del conocer sobre la teoría socrática de la ignorancia? La objeción es correcta. Pero sólo cuando hayamos hecho cuatro añadidos sumamente importantes.

    Primero: cuando se ha dicho aquí que la ciencia natural sabe mucho es, en efecto, correcto; pero la palabra saber se toma aquí (en apariencia inconscientemente) en un sentido que es completamente diferente del sentido que Jenófanes y Sócrates mentaron y del que la palabra saber también tiene todavía en el actual lenguaje cotidiano. Pues mentamos siempre, con saber, saber seguro . Cuando alguien dice: Yo sé que hoy es martes, pero no estoy seguro de que hoy sea martes, se contradice a sí mismo, o retira en la segunda parte de su frase lo que dijo en la primera.

    Pero el saber científico-natural no es precisamente un saber seguro. Es revisable. Se basa en conjeturas comprobables; en el mejor de los casos conjeturas comprobables muy rigurosamente, pero en cualquier caso siempre sólo en conjeturas. Es un saber hipotético, un saber conjetural. Esta es la primera observación y ella sola es una total justificación de la ignorancia socrática y de la advertencia de Jenófanes de que, incluso cuando expresamos la verdad más acabada, no podemos saber que aquello que hemos dicho es verdadero.

    La segunda observación que debo hacer a la objeción de que hoy sabemos tanto es la siguiente: con casi cada nueva conquista científico-natural, con cada solución hipotética a un problema científico-natural, crece el número y la dificultad de los problemas abiertos, y es cierto que de modo más rápido que las soluciones. Verdaderamente podemos decir que, mientras nuestro saber hipotético sea limitado, nuestra ignorancia es ilimitada. Pero no sólo eso: para el verdadero científico-natural, que tiene un sentido para los problemas abiertos, el mundo -en un sentido completamente concreto- le resulta siempre enigmático.

    Mi tercera observación es la siguiente: cuando decimos que hoy sabemos más que Jenófanes o Sócrates, eso es algo conjeturalmente incorrecto, en el caso de que interpretemos saber en sentido subjetivo. Conjeturalmente cada uno de nosotros no sabe más, sino otras cosas. Hemos cambiado ciertas teorías, ciertas hipótesis, ciertas conjeturas por otras, muy a menudo por mejores: mejores en el sentido de proximidad a la verdad.

    El contenido de esas teorías, hipótesis, conjeturas se puede calificar de saber en sentido objetivo, en oposición al saber subjetivo o personal. Por ejemplo, aquello que está contenido en los voluminosos manuales de Física es un saber impersonal u objetivo, y naturalmente hipotético: va mucho más allá de lo que el físico sabe -o, más exactamente, conjetura- puede ser designado como un saber personal o subjetivo. Ambos -el saber impersonal y el personal- son, en su mayor parte, hipotéticos y mejorables. Pero no sólo el saber impersonal va actualmente mucho más lejos de lo que cualquiera puede saber personalmente, sino que el progreso del saber impersonal objetivo es tan rápido que el saber personal sólo le puede seguir los pasos por poco tiempo y en pequeñas áreas: es sobrepasado.

    Aquí tenemos todavía un cuarto motivo para darle la razón a Sócrates. En efecto, este saber sobrepasado consta de teorías que se han mostrado falsas. El saber sobrepasado, por tanto, decididamente no es un saber, al menos en el sentido del lenguaje cotidiano.

    VI. Tres Principios Éticos Esenciales

    Tenemos así cuatro razones que muestran que incluso hoy la perspectiva socrática de sé que no sé nada y apenas esto es de gran actualidad, quizá aún más actual que en tiempos de Sócrates. Y tenemos motivos (en defensa de la tolerancia) para extraer de esta perspectiva esas consecuencias éticas que fueron extraídas por Erasmo, Montaigne, Voltaire y más tarde por Lessing. Y aún más consecuencias.

    Los principios que se encuentran a la base de cualquier discusión racional, esto es, de cualquier discusión al servicio de la búsqueda de la verdad, son principios éticos por antonomasia. Quisiera especificar los tres principios siguientes.

    1. El principio de falibilidad: quizá yo no tengo razón, y quizá tú la tienes. Pero también podemos estar equivocados los dos.

    2. El principio de discusión racional: queremos intentar ponderar de la forma más impersonal posible nuestras razones en favor y en contra de una determinada y criticable teoría.

    3. El principio de aproximación a la verdad: a través de una discusión imparcial nos acercamos casi siempre más a la verdad, y llegamos a un mejor entendimiento, incluso cuando no alcanzamos un acuerdo.

    Es digno de atención que los tres principios son principios teoréticos del conocimiento y al mismo tiempo éticos. Pues implican entre otras cosas tolerancia: si yo puedo aprender de ti y quiero aprender en beneficio de la búsqueda de la verdad, entonces no sólo te debo tolerar, sino reconocerte como mi igual en potencia; la potencial unidad e igualdad de derechos de todas las personas son un requisito de nuestra disposición a discutir racionalmente. Es importante también el principio de que podemos aprender mucho de una discusión, incluso cuando no conduce a un acuerdo. Pues la discusión nos puede ayudar a aclarar algunos de nuestros errores.

    Así pues, a la base de la ciencia natural hay principios éticos. La idea de verdad como principio regulativo subyacente es uno de tales principios éticos.

    La búsqueda de la verdad y la idea de aproximación a la verdad son otros dos principios éticos; así como también la idea de honradez intelectual y de falibilidad, que nos conduce a la actitud autocrítica y a la tolerancia.

    También es muy importante el que podamos aprender en el ámbito de la ética.

    VII. ¡Se una Autoridad!

    Esto quisiera mostrarlo con el ejemplo de la ética para los intelectuales, especialmente la ética para las profesiones intelectuales, la ética para los científicos, para los médicos, juristas, ingenieros, arquitectos, para los funcionarios públicos y, muy importante, para los políticos.

    Quisiera presentarles algunas proposiciones para una nueva ética profesional, proposiciones que están estrechamente unidas a las ideas de tolerancia y de honradez intelectual.

    Para este fin caracterizaré en primer lugar la vieja ética profesional y quizá también la caricaturizaré un poco, para luego compararla con la nueva ética profesional que propongo.

    Ambas, la vieja y la nueva ética profesional, están basadas manifiestamente en las ideas de verdad, de racionalidad y de responsabilidad intelectual. Pero la vieja ética estaba fundada sobre la idea del saber personal y del saber seguro y, por tanto, sobre la idea de autoridad; mientras que la nueva ética está fundada sobre la idea del saber objetivo y del saber inseguro. De este modo se modifica la mentalidad subyacente que está a la base y, con ello, también el papel de las ideas de verdad, de racionalidad y de honradez y responsabilidad intelectual.

    El viejo ideal era poseer la verdad y la seguridad, y asegurar, en lo posible, la verdad a través de una argumentación lógica.

    A este ideal, aún hoy ampliamente aceptado, responde el ideal personal del sabio (naturalmente no en sentido socrático); el ideal platónico del sabio, que es una autoridad; del filósofo, que al mismo tiempo es un gobernante regio.

    El viejo imperativo para los intelectuales es: ¡sé una autoridad!, ¡conoce todo en tu campo!

    Cuando eres reconocido como autoridad, entonces tu autoridad es defendida por tus colegas, y naturalmente tú debes defender la autoridad de tus colegas. La vieja ética que describo prohíbe cometer errores. En modo alguno es permitido un error. De ahí que no se puedan cometer errores. No necesito resaltar que esta vieja ética profesional es intolerante. Y era también siempre intelectualmente desleal: conduce al encubrimiento del error en favor de la autoridad, especialmente en la medicina.

    VIII. Doce Propuestas para una Ética Profesional

    Por eso propongo una nueva ética profesional, y no sólo para el científico-natural. Propongo fundarla en los siguientes doce principios con los que termino.

    1. Nuestro saber conjetural objetivo va siempre más lejos del que una persona puede dominar. Por eso no hay ninguna autoridad. Esto rige también dentro de las especialidades.

    2. Es imposible evitar todo error o incluso tan sólo todo error en sí evitable. Los errores son continuamente cometidos por todos los científicos. La vieja idea de que se pueden evitar los errores, y de que por eso es obligado evitarlos, debe ser revisada: ella misma es errónea.

    3. Naturalmente sigue siendo tarea nuestra evitar errores en lo posible. Pero precisamente, para evitarlos, debemos ante todo tener bien claro cuán difícil es el evitarlos, y que nadie lo consigue completamente. Tampoco lo consiguen los científicos creadores, los cuales se dejan llevar de su intuición: la intuición también nos puede conducir al error.

    4. También en nuestras teorías mejor corroboradas pueden ocultarse errores, y es tarea específica de los científicos el buscarlos. La constatación de que una teoría bien corroborada o un proceder práctico muy empleado es falible puede ser un importante descubrimiento.

    5. Debemos, por tanto, modificar nuestra posición ante nuestros errores. Es aquí donde debe comenzar nuestra reforma ético-práctica. Pues la vieja posición ético-profesional lleva a encubrir nuestros errores, a ocultarlos y, así, a olvidarlos tan rápidamente como sea posible.

    6. El nuevo principio fundamental es que nosotros, para aprender a evitar en lo posible errores, debemos precisamente aprender de nuestros errores. Encubrir errores es, por tanto, el mayor pecado intelectual.

    7. Debemos por eso esperar siempre ansiosamente nuestros errores. Si los encontramos debemos grabarlos en la memoria; analizarlos por todos lados para llegar a la causa.

    8. La postura autocrítica y la sinceridad se tornan, en esta medida, deber.

    9. Porque debemos aprender de nuestros errores, por eso debemos también aprender a aceptar, si, a aceptar agradecidos el que otros nos hagan conscientes de ellos. Si hacemos conscientes a los otros de sus errores, entonces debemos acordarnos siempre de que nosotros mismos hemos cometido, como ellos, errores parecidos. Y debemos acordarnos de que los más grandes científicos han cometido errores. Con toda seguridad no afirmo que nuestros errores sean habitualmente perdonables: no debemos disminuir nuestra atención. Pero es humanamente inevitable cometer siempre errores.

    10. Debemos tener bien claro que necesitamos a otras personas para el descubrimiento y corrección de errores (y ellas a nosotros); especialmente personas que han crecido con otras ideas en otra atmósfera. También esto conduce a la tolerancia.

    11. Debemos aprender que la autocrítica es la mejor crítica; pero que la crítica por medio de otros es una necesidad. Es casi tan buena como la autocrítica.

    12. La crítica racional debe ser siempre específica: debe ofrecer fundamentos específicos de por qué parecen ser falsas afirmaciones específicas, hipótesis específicas o argumentos específicos no válidos. Debe ser guiada por la idea de acercarse en lo posible a la verdad objetiva. Debe en este sentido, ser impersonal.

    Les pido que consideren mis formulaciones como propuestas. Ellas deben mostrar que, también en el campo ético, se pueden hacer propuestas discutibles y mejorables.

    Karl R. Popper

     
    • plazaeme 08:25 on 23/08/2012 Permalink | Reply

      Sí, impecable. El problema es que no de la impresión, en general, de un avance de estas ideas de Popper.

      • Eclectikus 08:32 on 23/08/2012 Permalink | Reply

        ¿Avance? Creo que mucha de su epistemología está asentada en la Ciencia de verdad. En el Clima (el alarmista me refiero) se han liado a patadas con Popper y con el Método Científico en general. Cuando la política (y por tanto el relativismo) se mezcla con la Ciencia, nada bueno puedo salir.

    • Heber Rizzo 11:00 on 25/08/2012 Permalink | Reply

      El problema es cuando la ciencia deja de ser tal y se convierte en parte del poder político. Sucede con la controversia sobre el calentamiento global antropogénico, pero también se dió con la biología comunista de Lysenko, por ejemplo.

      La política es el arte de engañar, y la ciencia verdadera es la búsqueda de una aproximación útil a la verdad; son, por lo tanto, incompatibles. Y cuando la ciencia se vende a la política, deja necesariamente de ser ciencia.

      • Eclectikus 11:53 on 25/08/2012 Permalink | Reply

        Totalmente de acuerdo Heber, y creo que Popper echaría chispas hoy con el show climático (y no digamos Einstein, Feynman o Dirac, por citar tres ejemplos de honradez científica).

        El Alarmismo Climático es paradigmático del emputecimiento de la Ciencia por los efectos de la contaminación política. Pero hay que ser optimistas, la Ciencia siempre ha ganado, está por encima de la política, y el CERN y el bosón de Higgs, también de plena actualidad, son el contra-paradigma de ese emputecimiento. Así que en mi opinión es solo cuestión de tiempo que el timo climático (que no la climatología) quede como referencia de lo que nunca debe pasar en Ciencia.

    • viejecita 16:59 on 25/08/2012 Permalink | Reply

      No pienso comentar nada sobre Popper.

      Pero sí sobre esto, que has llevado a SisB:

      “Any life is made up of a single moment, the moment in which a man finds out, once and for all, who he is.” De Borges.

      Tenía que ser Borges el que dijera semejante chorrada.

      Uno no averigua de una vez y para siempre quien es.
      Va averiguando, a medida que su vida se va desarrollando, lo que es capaz de hacer en cualquier ocasión determinada. Pero el que en algún momento se haya portado como un héroe, como un cobarde, como un canalla, o como un santo, no significa que lo vaya a ser siempre, incluso en circunstancias similares.
      Esa gente que se mira tanto al ombligo, y que se estudia tanto, para ser “ellos mismos”, me parecen unos pobres hombres, que nunca han estado sometidos a la realidad, ni a la verdadera necesidad.
      Y aunque lo de quedarse ciego , como le ocurrió a Borges pudiera parecer duro, no le da derecho a pontificar sobre la revelación única en la vida de los demás… Que a nadie le importa quienes sean, sino cómo actúen en cada momento.

      • Eclectikus 17:42 on 25/08/2012 Permalink | Reply

        Malos tiempos para la lírica V. 😉

        Y aunque lo de quedarse ciego , como le ocurrió a Borges pudiera parecer duro, no le da derecho a pontificar sobre la revelación única en la vida de los demás…

        Ciegos o videntes todo el mundo tiene derecho a opinar sobre la vida (la propia o la de los demás ¿hay diferencia?), el mismo derecho que tenemos el resto para no hacerles ni caso, criticarles o aplaudirles. Si aplicaras eso a todos los personajes de la historia nos hubiéramos perdido reflexiones de gente como Churchill, Chesterton, Feynman, Einstein, Mark Twain… aunque si, nos hubiéramos evitado también un montón de gilipolleces 😀

        • viejecita 17:59 on 25/08/2012 Permalink

          Bueno, pues tienes razón: ¡con no hacerle ni caso ya está! 😳

          Pero es que lo de las revelaciones de esa clase, sobre una misma, estoy ya tan hasta el moño de oírlas a mi alrededor, y de que pretendan que Una se realice como la persona que es, que en cuanto oigo, o leo, algo por el estilo, salto.

        • Eclectikus 18:08 on 25/08/2012 Permalink

          ¡Claro mujer! Peor es cuando pontifican Zapatero, o Rajoy, o muchos de sus mariachis. Por no hablar de Belén Esteban :mrgreen:

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